EDITORIAL

Presidentes agobiados por los manipuladores

Los presidentes de Guatemala, sobre todo los que llegaron al poder a partir de la reinstauración de la democracia en 1986, han sido un puñado de políticos pusilánimes y oportunistas, la mayoría de los cuales se han aprovechado de su condición y, quizá lo más intolerable, es que han permitido que muchos otros abusen del poder para favorecer a colaboradores, parientes y financistas, en un perverso círculo de degradación nacional.

Cuando muchos de ellos se alzaron con victorias electorales, de inmediato se puso en marcha maquinaria de manipuleo y clientelismo para esquilmar al Estado, todo lo cual empezaba con sofisticadas redes enquistadas en el Estado, que lo único que hacían era cambiar de presidente de turno, mientras ellos continuaban administrando jugosos negocios a la sombra del poder, profundizando el estancamiento nacional.

Una de las más ingratas secuelas de esta distorsionada gobernanza es que se fueron perfeccionando las conocidas roscas de poder, en las que financistas, políticos y oportunistas se habían encargado de manipular presidentes, para amañar procesos de compras y adquisiciones, hasta que apareció la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala, que vino a desenmascarar un modelo generalizado de corrupción.

El desbaratamiento de ese sistema empezó en el 2015, cuando las investigaciones del Ministerio Público y la Cicig permitieron poner al descubierto la podredumbre imperante en el régimen patriotista, lo cual degeneró ante la inexperiencia y el descarado oportunismo de quienes convirtieron a Jimmy Morales en presidente y terminaron por desnudar la inviabilidad de un sistema, en el cual son poquísimos los dignatarios y funcionarios que podrían salvarse de señalamientos.

Sobre todo a partir de los últimos Gobiernos se constata la progresión de la nefasta influencia que sobre los mandatarios han tenido militares, políticos y empresarios emergentes, quienes han convertido el Ejecutivo y el Legislativo en ejes de un perverso ejercicio del poder para manipular las instituciones y, ahora, para intentar detener los esfuerzos contra la corrupción que a varios de ellos los han puesto en la mira de la justicia, muchos de ellos con procesos abiertos.

Jimmy Morales y el siniestro círculo de asesores, no hicieron más que llevar a la ridiculez y descaro la administración pública, hasta convertirlo en uno de los presidentes más manejables, al extremo de haber pasado en su corto período por la influencia de diversas roscas de manipulación, que solo los embates de la justicia han logrado evidenciar.

Hoy el mandatario se encuentra en una de las más complejas encrucijadas, porque ha sido uno de los menos preparado y peor asesorado, lo que explica el recrudecimiento de torpes maniobras para tratar de desprestigiar a sus críticos, una tarea que no solo ha necesitado de millonarios y oscuros recursos, sino que será estéril, porque son obvias las limitaciones y la capacidad de quienes hoy instrumentalizan al mandatario.

Morales tampoco parece darse cuenta que con sus acciones solo complica más su situación, porque quienes lo desorientan no tienen el más mínimo interés en ayudarlo, sino en instrumentalizarlo, para lo cual le retuercen la realidad y lo conducen a una mayor confrontación. Una mezcla perfecta para el desastre.