Liberal sin neo

Con lugar prominente en la historia

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

Fue un hombre polifacético; empresario, político, músico artesanal, deportista, con don de gentes, de mando y liderazgo. Pisó fuerte en el escenario nacional durante casi cuatro décadas y así cultivó a personas que lo seguirían al final del mundo y también despertó fuertes animosidades, como es propio de un líder. La noche de su vida le llegó practicando deporte con uno de sus hijos, una buena forma de llegar al final para un deportista. Podrá decirse cualquier cosa sobre la carrera de Álvaro Arzú, pero no podría negarse que tenía un alto sentido del deber y amor profundo por su patria.

Algo que destaca de su larga carrera es la perseverancia; caerse sería un retroceso momentáneo que lo impulsaba a levantarse. A pesar de haber ganado las elecciones para Alcalde la Ciudad, no quiso recibir la vara edilicia cuando le fue ofrecida por la Junta de Gobierno presidida por Ríos Montt, quizás por cuestión de honor, por sentido de la historia, o por lo que podría significar para su carrera en el largo plazo; es decir, olfato político. Perseverando, llegó al Palacio de la Loba en 1986, con el comité cívico que había fundado, el Plan de Avanzada Nacional, que se convertiría en el partido político PAN. Arzú participó como candidato a la Presidencia en las elecciones de 1990, quedando en cuarto lugar, con 17.3% del voto. El ganador, Jorge Serrano Elías, lo nombró ministro de Relaciones Exteriores, posición a la que renunció cuando el presidente normalizó relaciones con Belice.

Álvaro Arzú llegó a la Presidencia en 1996, tras vencer en segunda vuelta, con 51.2% del voto, a Alfonso Portillo. Entre sus principales logros como presidente destacan el silencio de las armas con los acuerdos de paz, en diciembre de 1996; la privatización de empresas estatales, inversión en infraestructura y la impresión de dignidad al alto cargo.

En mi opinión, el juicio de la historia sobre los acuerdos de paz será agridulce. Como parte de estos acuerdos fueron propuestas algunas reformas a la Constitución, que fueron rechazadas en un referendo en 1999. Derrotada militarmente, la otrora guerrilla ha continuado la guerra por otros medios y ante la incapacidad de ganar votos en sucesivas elecciones, se ha dedicado a fomentar la conflictividad por medio de las eufemísticamente llamadas “organizaciones de derechos humanos”, la industria del resarcimiento y las manifestaciones y bloqueos “pacíficos”. Para ellos, los acuerdos de paz no han sido ara, sino pedestal, y hoy ocupan altas posiciones de gobierno.

La privatización de empresas estatales impulsada por Arzú, como la Empresa Eléctrica de Guatemala, Guatel, Aviateca y Fegua, fue señalada de algunas sombras, que a mí no me constan, pero creo que, en balance, fue bueno para Guatemala. Eran feudos de saqueo y dispensadores de favores para los gobernantes de turno, monopolios ineficientes, distractores ajenos a las funciones legítimas de gobierno. Claro que hay quienes consideran que el gobierno se debiera dedicar a la telefonía y ofrecer servicios comerciales de aviación a Miami.

En 2003 fue electo nuevamente alcalde de la Ciudad de Guatemala, con sucesivas victorias electorales en 2007, 2011 y 2015. Esto tiene que significar algo y borrar al menos la mitad de la sonrisa burlona a sus detractores; la mayoría de los vecinos de Guatemala lo seguían queriendo, a pesar de lo que significa el gran desgaste del poder.

Álvaro Arzú fue un protagonista, una figura recia que imprimió con vigor en la vida política y el acontecer del país. Su nombre y trayectoria tendrán un lugar prominente en la historia de Guatemala.