Editorial

Semana del alma

Deslumbrante caleidoscopio devoto, colosal expresión andante de fe colectiva, caja musical repleta de marchas sin prisa alguna, inmenso relicario colectivo que se abre con esplendor, así como abrió sus puertas Jerusalén aquel domingo en que Jesús entró montado en un asno, tal como la marcaba la
profecía.

La Semana Santa guatemalteca es patrimonio cultural de la Nación por una declaración gubernamental efectuada en el 2008, pero su multiplicidad de expresiones, desde los magníficos cortejos de grandes templos hasta las pequeñas pero sentidas manifestaciones de la fe parroquial, van mucho más allá de una categorización antropológica, pues entrañan un espíritu de contrición, de búsqueda de una hermandad anhelada, pero que a veces se ve atacada por discursos polarizantes.

A lo largo de la historia, grandes escritores guatemaltecos como José Milla y Vidaurre, Miguel Ángel Asturias o Luis Cardoza y Aragón, por mencionar algunos, dedicaron valiosas líneas a describir la vivencia cuaresmal de su tiempo. Tal registro tiene increíbles elementos de conexión con la actual, pero a la vez denotan épocas en las cuales la vida marchaba un poco más despacio.

“La llama del Lunes Santo calcina en el incensario múltiple de la vida, los aromas del Domingo de Ramos. De sus brasas agudas y extenuantes como los ojos de Marta queda la ceniza que tiene la congoja removida del sacrificio próximo”, escribió el Nobel de Literatura guatemalteco, quien era especialmente devoto del Nazareno del Templo de Candelaria.

Más atrás en el tiempo, José Milla y Vidaurre, en el siglo XIX le puso atención a quienes optan por aprovechar los días de descanso de manera más prosaica. Su vivencia suena tan actual como si describiera este Domingo de Ramos del 2019, al referirse a quienes “por gusto, por ostentación, o por capricho, abandonan las comodidades de sus casas y emigran con dirección a las dos o tres pequeñas poblaciones donde el termómetro se eleva algunos grados sobre los que por este tiempo marca en Guatemala; y donde, en compensación hay lo que tanta falta hace a esta ciudad: un río en que poder bañarse”.

Las referencias abundan bajo diversos estilos y autores, con digresiones sobre la espiritualidad de los guatemaltecos, su profundo cariño a las tradiciones y el maravilloso tesoro de la imaginería barroca que evoca poderosamente el sufrimiento del Nazareno, lo cual fue precisamente el objetivo de su paciente creación artesanal en la ciudad de Santiago de los Caballeros o en la recién fundada Guatemala de la Asunción.

Tanta creatividad convertida en intrincados diseños de alfombras de aserrín, tantas horas de trabajo convertidas en las escenas místicas de las andas, tantas oraciones elevadas al cielo en estos días son facetas de la fe sencilla de un pueblo. La paciente espera de tantas familias en una acera abarrotada para ver pasar a romanos y penitentes, precedidos por incontables vendedores que aprovechan los días para ganarse un ingreso extra, son un retrato siempre nuevo, profundo y emotivo de la maravillosa Semana Santa
guatemalteca.