Editorial

Un capital que debe convertirse en tesoro

Para miles de jóvenes la incorporación al mercado laboral del país es una penosa odisea en la cual con cada vez más frecuencia se enfrentan requerimientos y competencias para los cuales, en gran mayoría, no han sido preparados en el sistema educativo ya sea público o privado. Ello se debe en parte al retraso de las adaptaciones curriculares en relación con los avances tecnológicos y las cambiantes dinámicas de la industria, el comercio y la prestación de servicios.
En las ferias de empleadores es usual la masiva afluencia de aspirantes para una cantidad limitada de plazas laborales, una disparidad que se marca mucho más en el caso de quienes no tienen mayor especialidad o capacitación técnica.

Pese a la expansión de compañías dedicadas a la atención de centros de llamadas, que ofrecen llamativas oportunidades para quienes tengan un dominio aceptable del idioma inglés, todavía es insuficiente el recurso humano que cumpla con esta preparación, una de las competencias clave, con lo cual Guatemala puede quedar rezagada en relación a otros países, como Honduras y Costa Rica, que han invertido en masivos programas de aprendizaje, precisamente para atraer inversiones de este tipo.

Esta es solo una muestra de los desafíos en la empleabilidad de jóvenes, un concepto sobre el cual la Organización Internacional del Trabajo ha efectuado numerosos estudios a fin de proveer a los Estados de una guía sobre la cual desarrollar sus planes de desarrollo educativo y humano. En la economía globalizada contar con un título que acredita un grado de diversificado e incluso universitario ya no es lo único que cuenta.

Si bien es constancia de formación académica, los empleadores requieren de los aspirantes habilidades y aptitudes como la comprensión verbal y lectora, facilidad para el aprendizaje reiterado, disposición al trabajo en equipo pero a la vez para la toma de decisiones así como la resolución de diferencias, algo para lo cual no siempre están capacitados los jóvenes que ingresan, por decenas de miles, cada año, al mercado laboral. Prueba de ello son los pobres resultados de las pruebas anuales de graduandos.

Esto constituye un desafío que debe ser afrontado de forma seria y sostenida en todos los niveles de educación. Los maestros ya no pueden ser simples repetidores de contenidos memorísticos ni los gobiernos pueden seguir siendo simples validadores de grados escolares, sino verdaderos mediadores entre una realidad cambiante, un mercado laboral exigente y un capital humano abundante, pero finito.

Esto conlleva, a decir de la OIT y otras entidades globales, un atento seguimiento de la comunidad, la extensión de programas alternativos de aprendizaje de idiomas, el fomento del estudio proactivo de las ciencias, facilitar el aprendizaje continuo de los graduados y la generación de oportunidades para jóvenes de sectores desfavorecidos.

Existen empresas que implementan incentivos para que sus colaboradores continúen estudios superiores, mejoren su proficiencia de inglés o se especialicen en determinadas áreas de su giro de negocios a fin de crear nuevos liderazgos, una superación que tarde o temprano representa un impacto positivo en el desarrollo de sus comunidades, lo cual a su vez puede ser el detonante de un ciclo virtuoso que incentiva la prosperidad y convierte al capital humano en el tesoro con la más alta plusvalía.