Catalejo

Efectos de una acción no meditada de Morales

Mario Antonio Sandoval

Cuando Jimmy Morales despertó a los guatemaltecos el domingo 27 de agosto pasado con la noticia de su decisión de declarar persona non grata al comisionado Iván Velásquez, de la Cicig, el instinto periodístico me hizo sospechar el inicio de la más grave crisis del gobierno actual. No se dio cuenta de la mala calidad del consejo de quienes le hablan al oído, o de las órdenes de quienes en realidad mandan, según sea el criterio de quien lo juzga. Se trataba de una abierta confrontación con la comunidad internacional, importante para Guatemala y por ello sus posibilidades de salir bien librado eran mínimas, pero además, porque evidentemente iban a comenzar a salir a la luz casos de muy alto impacto, todos relacionados con la corrupción.

De esa fecha a hoy, ha pasado mucha agua bajo los puentes. A la mitad del tempestuoso río al cual él se había lanzado, comenzó a dar bandazos: despedir en forma súbita al canciller Carlos Raúl Morales y sustituirlo por una señora cuya indudable lealtad para defender mal lo indefendible va de la mano con su modestísima capacidad para un cargo difícil a causa de las circunstancias. Por las acciones del MP y la Cicig, afloraron casos de envergadura, como los relacionados con Álvaro Arzú padre, Álvaro Colom y su gabinete, el Rey del Tenis y un magistrado de la Corte Suprema, todo lo cual encendió los ánimos de defensores y detractores de Iván Velásquez y Thelma Aldana, con lo cual la sociedad guatemalteca sufrió una nueva división notoria y profunda.

Arzú padre asumió un papel de presidente de facto. Logró, con éxito, dar la imagen de mandamás y Morales quedó afianzado como una figura decorativa, cuya principal ilusión es el paso del tiempo para entregar el cargo. Representantes de altos sectores empresariales viajaron a Washington para pedir, sin éxito, la remoción de Velásquez. En la creación del Frente Ciudadano Contra la Corrupción fue unánime el apoyo, aun de representantes de sectores antagónicos con los dos personajes mencionados antes. Esto es positivo aunque sin duda influyó la visita de los embajadores del Grupo 13, así como de la embajadora estadounidense ante la ONU, Nikki Haley, cuya posición al respecto es muy fácil de señalar como igual a la de los países representados.

Las dos visitas mencionadas se deben a la actitud tozuda del gobierno, cuya colaboración con el MP y la Cicig es del diente al labio. Una de las decisiones claramente dirigidas en esa línea es la súbita remoción de los integrantes de la plana mayor de la Policía, egresados del centro de estudios para profesionalizarlos, y sustituirlos con un representante de la “vieja policía”, por decirlo así. A todo ello se suma la vergonzosa actitud del general Melgar Padilla, escondido mientras una juez le revocaba la orden de captura. Esto afecta al ejército, de la misma manera como lo hace el haber entregado una alta condecoración a la canciller por “altos servicios a la patria”, en realidad un fracaso total en su misión contra Velásquez.

Esto me recuerda al futbol de Guatemala, muy pronto fuera de la FIFA a causa de la defensa malentendida de las leyes nacionales, lo cual irónicamente puede servir para limpiar la mesa de malos dirigentes. En el caso de la Cicig y sus acciones, un efecto negativo es la absurda actitud de algunos sectores contra la prensa independiente. Con una población y sectores importantes divididos, como es el privado, la lógica y la serenidad dictan la necesidad de dejar de pensar en Velásquez o no-Velásquez, sino en corrupción o no-corrupción y en los cambios urgentes para poner orden en la escogencia de quienes sean aspirantes al cargo de dirigir el Ministerio Público. Ante esto, debe ser bienvenido cualquier grupo deseoso de combatir la corrupción.