Catalejo

El cristianismo 500 años después

Mario Antonio Sandoval

El 31 de octubre se cumplieron 500 años desde la fecha de la llamada Revolución Protestante, cuando Martín Lutero protestó en Alemania contra la corrupción y el abandono de los principios cristianos en Roma, sobre todo varios papas y su intromisión en la vida política. Este monje benedictino,  personaje poco conocido en Guatemala a causa de la generalizada falta de cultura histórica, logró el rápido apoyo político de los príncipes alemanes de la época, cuya meta era independizarse del papado romano. Muy pronto comenzaron a florecer en ambos bandos los oscuros intereses de todo tipo, y se inició una etapa de casi dos siglos de guerras donde el fanatismo religioso a causa de interpretaciones propias provocó millones de muertos.

La labor de todo estudio serio de la historia de la religión es colocarse intencionalmente afuera del activismo confesional, de la verdad revelada por la fe, pues su relación con la razón es sumamente difícil. La principal tarea es el análisis de esa historia desde la perspectiva de los hechos, de las pasiones y defectos humanos, de los intereses políticos. Es importante también colocarse en la posición de los criterios de cada época, para así poder criticar con más fundamento todas las acciones, muchas de ellas causantes de asco moral a causa de la burla y la tergiversación de un mensaje como el de Cristo, basado en la hermandad y en la buena voluntad entre los hombres. Pocos imaginan cómo es de difícil penetrar los traicioneros mares religiosos.

Es especialmente difícil el estudio laico de la religión, porque se introduce en áreas personales muy íntimas. Se tiende al maniqueísmo de calificar de enemigo de una religión a quien critica los hechos históricos, así como la versión no religiosa de las interpretaciones de los textos bíblicos, en el caso del cristianismo, una religión actualmente dividida en una miríada de interpretaciones y de algunas acciones descabelladas según la lógica del humanismo pero también de la de otras iglesias y sectas, sobre todo. Por ello, la lectura de investigaciones y estudios sobre la historia de la religión se debe realizar con una curiosidad de comprender, saber y descubrir verdades incómodas sobre la forma como los cristianos interpretaron el mensaje del Mártir del Gólgota.

Hace unas semanas, el notable escritor Francisco Pérez de Antón presentó su libro Cisma Sangriento. El brutal parto del protestantismo: un alegato humanista y secular. A esa obra se le debe leer dos veces: una, para gozar de un lenguaje impecable con algunas palabras derivadas de su notable capacidad académica, y otra, para apuntar con un lápiz las frases más contundentes, ingeniosas y descarnadas acerca de esta etapa del cristianismo. Su meta, creo, no es defender ni atacar tozudamente a los lados, sino colocarse en esa posición desde la cual el conocimiento de verdades históricas surge a consecuencia de una actitud muchas veces severa, pero útil, sobre todo en los tiempos actuales con ciertas manifestaciones de mezcla entre política y religión.

Martín Lutero tuvo su mejor obra en la unificación de los diversos lenguajes hablados en los principados alemanes. Su idea de poner la biblia al alcance de todos los fieles en realidad no tenía base: el analfabetismo era atroz y la lectura era un privilegio de élites, en este caso las religiosas. Su vida, como la de todos los grandes revolucionarios de la historia, tiene fases claras en competencia con oscuras. No pudo escapar, claro, a ser un producto de su tiempo y de sus circunstancias. A mi juicio, su meta no era la división cristiana, sino el retorno a los principios abandonados por Roma. No pudo prever las posiciones radicales de otros cristianos, ni las interpretaciones bíblicas de estos, con sus terribles consecuencias de guerras entre ellos y los católicos.