Pluma invitada

Lo que no se ve

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

Todas las madrugadas escucho las motos de los dos repartidores de periódicos que pasan por mi casa, dejando el diario en el quiosco de la entrada, y se van. Subo tempranito a recogerlos para saber qué está pasando en las últimas horas en Guatemala. Generalmente son malas noticias. Pero hay algo en uno que espera que la luz aparezca al final del túnel. Así que, acorazada con mi escudo de optimismo, subo las gradas del jardín, abro la puerta y los recojo y leo los titulares que aparecen en la primera página. Es una especie de tortura volverse a encontrar siempre con el mismo infierno todos los días. Pero, en el fondo, cada día que viene, abrigo la esperanza de algo nuevo que podría haber sucedido.

A veces he tenido la imagen de ir corriendo a toda velocidad en un avión que, en lugar de despegar, frena antes de darse contra el muro del Acueducto cuando sale para el norte. Esa parece que es nuestra historia. Intentar miles de veces correr en la pista del aeropuerto La Aurora, y no ser capaces de alcanzar la suficiente velocidad para que la nave levante el vuelo y se armonice con las fuerzas del viento y de la gravedad cuyo fenómeno se llama venturi. No hemos sido capaces de crear un viento que eleve a la nave. En las cuentas de los hermanos Wright, que elevaron el primer vuelo el 17 de diciembre de 1903, lograron tal proeza después de haberse desplomado incontables veces. En Guatemala el conteo es infinito. Desde 1821 a la fecha no hemos logrado acumular la suficiente fuerza para elevarnos del suelo, con la excepción del período de Juan José Arévalo, porque tal parece que el negocio de muchos guatemaltecos corruptos es que la nave nunca despegue.

Armada con estos pensamientos me puse a buscar, al menos, una explicación que razonara por qué somos impotentes para levantarnos del suelo. Quería encontrar una explicación tan convincente que debería contestar las preguntas de los hijos e hijas de mis nietos: ¿Por qué tenemos que ser un país pobre toda la vida? ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos ha hecho falta? Mientras trabajaba en este artículo, un amigo llamó por teléfono y dijo que sintonizara la radio FM 102. Estaban entrevistando al alcalde de Guayaquil, Ecuador. Cada palabra suya fue como una revelación que me abrió dos planos de existencia totalmente opuestos: de un lado estaba Guayaquil venciendo al covid-19, y del otro lado estaba Guatemala, perdida en el caos, dejándole vía libre al virus, a la muerte y a la desesperación de un pueblo que ya no tiene fuerzas para seguir luchando.

¿Qué logró Guayaquil que no podemos alcanzar en Guatemala? Es una respuesta difícil, pero esto fue lo que yo encontré. Por eso me animé a escribir esta columna. Al igual que los aviones, la fuerza que los levanta de la pista no es la de sus motores, sino la del remolino de viento, lo que no se ve, que se logra crear con la diferencia entre la velocidad del viento que pasa por arriba y por debajo de sus alas. No hay duda, Guayaquil voló. Está volando. El covid-19 está controlado. Los muertos ya no infectan a los vivos. Yo les pido a las jóvenes generaciones de chapines que mediten seriamente el ejemplo que nos da a todo el mundo el caso de Guayaquil, Ecuador. Es increíble, pero si vamos a los hechos, el avión que lograron despegar, primero se chocó contra el muro de la muerte. Se contaban 500 muertos por día. Eso los despertó. En lugar de frenar, decidieron salvar a los contagiados, alimentar a los que tenían que quedarse encerrados, y formaron un viento de suspensión donde no existía diferencia entre los esfuerzos que hacían la Alcaldía, la Iglesia, el Gobierno, los empresarios del sector privado, el ejército, los médicos, los hospitales. Todos estaban conectados. La magia de la unión genera una fuerza mayor a la suma de lo que cada uno aporta. “Así fue como todos juntos lograron la proeza”, cantó el Clarinero, y comenzaron el conteo de sus muertos, de 10 bajó a 9, de 8 bajó a 7, a 6, a 5, a 4, a 3, a 2, a 1, a 0. Cero muertos.