Siete décadas en la comunicación 

Periodista de la vieja guardia que presenció las galas donde Miguel Ángel Asturias y Rigoberta Menchú Tum recibieron sendos Premios Nobel.

Es gran admirador del cronista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, autor de obras como La Grecia eterna y El Japón heroico y galante. “Describía incluso aquellos detalles que a cualquiera se le escaparían; sus libros, además, tienen la magia de transportar al lector al lugar de los hechos”, expresa Julio César Anzueto, uno de los comunicadores de más larga trayectoria en Guatemala -alrededor de 70 años-.

Precisamente la calidad narrativa de Gómez Carrillo es lo que Anzueto añora del periodismo. Esas notas con color y con sentido humano, pero sin olvidar su objetivo informativo. “Los periodistas de hoy se han vuelto unos robots”, expresa.

Anzueto (Ciudad de Guatemala, 25 de enero de 1927) fue colaborador de los periódicos Diario de Centro América y El Imparcial, y corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA).

Recuerda con especial aprecio su paso por Prensa Libre, medio para el que cubrió las galas de premiación de Miguel Ángel Asturias y Rigoberta Menchú Tum, cuando se les confirió el Nobel de Literatura (1967) y de la Paz (1992), respectivamente.

En esta entrevista conversa sobre aquellos sucesos, así como de su labor en las dependencias de Comunicación de algunos gobiernos desde la década de 1950.

¿Conoció al presidente Jacobo Árbenz?

Sí. En ese entonces yo trabajaba en la Secretaría de Divulgación, Cultura y Turismo de la Presidencia. Recuerdo haberlo visto en varias ocasiones en Amatitlán, en su finca El cajón. Como todos los militares, era serio, pero la verdad es que también atendía muy bien, con amabilidad.

¿Qué opina de la caída de su gobierno?

Me impresionó, porque todos creíamos que estaba fuerte, que no iba a caer y que los invasores serían expulsados. Cierta noche, Árbenz emitió un discurso histórico dirigido al pueblo, en el cual lamentaba su renuncia y afirmaba que era imposible mantenerse en aquella situación. Se le notaba su tristeza. Al final, tuvo que exiliarse.

¿Qué pasó con la gente que trabajaba en ese gobierno, entre ellos, usted?

Pensamos que nos iban a despedir a todos de nuestros cargos, pero no fue así, salvo algunas excepciones.

Ha ejercido labores de Comunicación por unos 70 años.

Es el fundador número 2 del Instituto de Previsión Social del Periodista, y miembro 185 de la Asociación de Periodistas de Guatemala. También pertenece a la Asociación Guatemalteca de Corresponsales de Prensa Internacional. En tales instituciones ha ejercido cargos directivos.

De 1969 a 1995 fue director y corresponsal de la Agencia Alemana de Prensa (DPA, en alemán).

Durante el primer año de gobierno de Carlos Manuel Arana Osorio fue secretario de Relaciones Públicas de la Presidencia.

Desde hace 16 años trabaja en el área de Comunicación del Tribunal Supremo Electoral.” transformer=”gsi.gn3quote.PL_SCD_Quote_Gris” /]

¿Qué sucedió con la entrada de Carlos Castillo Armas?

Su gobierno empezó duro. Dejaron al descubierto a los encargados de la seguridad pública de Árbenz, pues afirmaban que habían perpetrado varios crímenes contra los guatemaltecos. De esa cuenta, hubo manifestaciones en la Plaza de la Constitución, donde apoyaban a Castillo Armas, aunque también hubo a favor del mandatario derrocado. Pese a todo, considero que Árbenz no fue responsable de aquellas cuestiones, pero sí sus subordinados. Si la gente a su alrededor hubiera tenido sus mismos ideales, creo que habría sido un buen gobierno.

¿Cuál fue la postura de los mandatarios revolucionarios hacia el periodismo?

Permitieron más libertades en general. Eso ayudó para que Prensa Libre (fundada en 1951) pudiera tomar la delantera del periodismo nacional. El competidor de esa época era El Imparcial, que siguió varios años más, pero era un diario que seguía una línea complaciente, sin crítica.

¿Qué más le dejó al país la llamada primavera democrática?

Fue un período con metas definidas, lo cual se demostró con la construcción de la carretera al Atlántico, del Puerto Santo Tomás de Castilla y de la hidroeléctrica Jurún Marinalá. De hecho, por aquellos años, paralelamente al periodismo, trabajé en la Dirección General de Caminos en cargos administrativos. Por un tiempo fui pagador, por lo que me tocaba viajar en ferrocarril con un maletín lleno de dinero hasta Puerto Barrios, para pagarles a los trabajadores.

Pero supongo que antes no era tan peligroso como ahora.

Claro, antes había más respeto, pero igual había riesgo de atracos. Viajaba de noche, pero por la intranquilidad no dormía nada en el tren. ¡Ahora, Dios me guarde!

¿Cuáles fueron sus primeros pasos en los medios de comunicación?

A finales de 1944 me abrieron las puertas en el Diario de Centro América, pero solo fui colaborador. Al principio escribía sobre la vida social, economía y deporte; nada de política. Más adelante envié trabajos a El Imparcial, pero no fueron muchos.

Hasta llegar a Prensa Libre.

Sí. Eso fue en la década de 1950. Las primeras oportunidades me las dieron Luis Morales Chúa —hoy escribe la columna Tiempo y destino— y José Santacruz Noriega. De la época admiro a Mario Sandoval Figueroa, uno de los fundadores, gran poeta y que tenía una limpieza impresionante para escribir.

¿Qué fuentes de información cubría?

Me gustaba abordar las tradiciones de Guatemala. Por ahí conservo algunos textos, pero están refundidos quién sabe dónde —ríe—. También cubrí las secciones de Economía, Tribunales y el Congreso de la República.

¿Cómo recuerda el Parlamento de antes?

Se daban grandes discursos, como los de José Francisco García Bauer y otras personalidades. Los diputados de esa época eran serios e ilustrados. ¡Ahora son una barbaridad!

Tengo entendido que en 1967 estuvo en Estocolmo, Suecia, cuando a Miguel Ángel Asturias le entregaron el Premio Nobel de Literatura.

El Gobierno de ese país me invitó a aquella gala; fue mi primer viaje al Viejo Continente. Me permitieron llamar por teléfono a Guatemala —que en aquel entonces era carísimo—, con lo cual pude narrar a Prensa Libre lo que allá sucedió, como el ambiente y semblante de Asturias. Dicho diario lo publicó al día siguiente.

Entonces tuvo la dicha de estrechar la mano del Gran Moyas.

Sí. De hecho, nos hicimos amigos; nos reuníamos cuando venía a Guatemala. Cierta vez nos vimos en París, Francia, cuando hice un viaje siendo corresponsal de la DPA y él era miembro del cuerpo diplomático guatemalteco. Mucho tiempo después (1992), Prensa Libre me envió a Oslo, Noruega, para cubrir la gala del Premio Nobel de la Paz, que fue entregado a Rigoberta Menchú.

¿Considera que el periodismo actual conserva la mística de la vieja guardia?

En parte. Considero que muchos periodistas de hoy aún expresan el sentir de la gente; sin embargo, creo que ha perdido su sentido de humanidad.

A usted también se le conoce como defensor de los comunicadores.

—Ríe—. De hecho, soy uno de los fundadores del Instituto de Previsión Social del Periodista. Soy su afiliado número dos y fui su primer presidente. La institución vela por el bienestar de quienes ejercemos esta noble, dura y digna profesión.