El especialista agrega que esta situación se relaciona con los hábitos de la vida moderna, como la alimentación, la falta de ejercicio y enfermedades como la diabetes, la hipertensión y la obesidad. Las consecuencias suelen ser las mismas: infartos, enfermedades cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares.
Del Conde señala que no solo importa la duración de la vida, sino también la cantidad de años que se viven con buena salud. “Hasta hace solo unas cuantas décadas era más fácil vivir una vida sana; era más fácil tener una alimentación saludable que hoy en día”, expresa. Sin embargo, destaca que Guatemala tiene una ventaja, pues todavía es uno de los lugares donde es posible conseguir frutas y vegetales con facilidad.
“Lo que la gente tiene que hacer en su vida diaria es, en primer lugar, priorizar y darse cuenta de que la salud es una prioridad. No es algo que se hace como un lujo ni solo cuando se tiene tiempo. Es una prioridad que debemos atender todos los días”, expresa Del Conde.
Según el especialista, esto implica elegir cuidadosamente qué comer y qué beber, así como evitar el tabaquismo. También recomienda reservar, por ejemplo, 30 minutos al día para caminar, de acuerdo con el tipo de trabajo y estilo de vida de cada persona.
“El abordaje es similar a cómo manejamos el dinero. Si usted tiene cierto presupuesto en su vida diaria, sabe qué puede comprar y qué no, para qué le alcanza y para qué no. Ese es el tipo de actitud que tendríamos que tener frente a las decisiones relacionadas con nuestros hábitos diarios”, afirma el cardiólogo.
Para el cardiólogo, la vida moderna es difícil porque está diseñada para que comamos mal y para que no nos movamos. La vida moderna es casi el exacto opuesto a lo que tenemos que vivir. Estamos diseñados como organismos para comer poco, de alta calidad y movernos mucho. Y la vida moderna es comer mucho, de baja calidad y movernos poco.
Ejercicio para perder peso y mejorar la salud
Practicar ejercicio mejora la presión arterial, la sensibilidad a la insulina, los niveles de colesterol y la aptitud cardiorrespiratoria en adultos con sobrepeso u obesidad. Por ello, debe ser un componente fundamental de las estrategias para perder peso, según una declaración científica de la American Heart Association (AHA).
El documento, publicado este lunes en Role of Physical Activity in Obesity Treatment and Cardiometabolic Health, subraya que la actividad física ofrece importantes beneficios cardiometabólicos y constituye una herramienta clave para mejorar la salud general, más allá de la pérdida de peso.

La declaración recuerda que cuando las personas pierden peso mediante la reducción de calorías también pierden masa muscular. Sin embargo, los estudios demuestran que complementar la dieta con ejercicio ayuda a conservar una mayor cantidad de músculo, explica Damon L. Swift, coautor del documento y profesor de la Universidad de Virginia, en Charlottesville.
Realizar ejercicios de fuerza o resistencia y consumir la cantidad diaria recomendada de proteínas también ayuda al organismo a conservar músculo mientras pierde grasa. Esto es importante porque la masa muscular no solo aporta fuerza, sino que también favorece la movilidad, el metabolismo y el control de los niveles de azúcar en sangre, añade Swift.
¿Cuánto ejercicio es necesario?
Por sí solo, el ejercicio rara vez produce una pérdida de peso corporal del 5% o más, a menos que los niveles de actividad aeróbica sean elevados, al menos entre 225 y 420 minutos por semana.
De hecho, menos del 15% de las personas logra una pérdida de peso clínicamente significativa únicamente mediante el ejercicio.
Actualmente, la AHA recomienda un mínimo de 150 minutos de actividad aeróbica moderada o 75 minutos de actividad vigorosa por semana, combinados con ejercicios de fortalecimiento muscular dos días a la semana. Sin embargo, solo uno de cada cuatro adultos y uno de cada cinco jóvenes cumple estas recomendaciones.
“La actividad física no solo puede ayudar a mantener la pérdida de peso, sino que también puede proteger la salud cardiovascular, incluso si se recupera parte del peso perdido, ya que contribuye a conservar mejoras en la presión arterial y la sensibilidad a la insulina”, señala la declaración.
“Al igual que cualquier otro problema médico, el tratamiento de la obesidad debe personalizarse según las necesidades específicas de cada persona y, por lo general, requiere un enfoque integral que se logra mejor con la orientación de un profesional de la salud”, afirma Swift.
El especialista añade que esta tarea no es únicamente responsabilidad individual. “Así como no trataríamos por cuenta propia la hipertensión o la diabetes, los mejores resultados en el tratamiento de la obesidad se obtienen mediante la colaboración con un médico y un equipo de atención sanitaria”, subraya.
“A pesar de los beneficios conocidos de la actividad física, muchas personas enfrentan dificultades para mantenerse activas, incluidas las limitaciones de tiempo y el acceso reducido a espacios seguros y convenientes para moverse durante la rutina diaria. Resolver estas barreras puede ayudar a consolidar hábitos más saludables con el tiempo”, comenta Stacey E. Rosen, directora ejecutiva del Katz Institute for Women’s Health y coautora de la declaración.
“La actividad física debe prescribirse y priorizarse por sus beneficios cardiovasculares y metabólicos en el tratamiento de la obesidad. El ejercicio puede ayudar a que una persona esté más saludable, incluso si no pierde peso”, concluye Swift.

