¿Apartamento compartido a los 50? Cómo hacer para que funcione

Los apartamentos compartidos no son ninguna exclusividad de los estudiantes. Los costos, la flexibilidad, los trabajos en varios lugares hacen que muchas veces los adultos se vean ante el gran interrogante de qué hacer. ¿No podría compartir casa con otra persona? ¿Por qué no plantearse un interrogante que puede ser tan práctica a los 20 o 30 años como a los 50 ó 70?

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Apartamento compartido
Compartir apartamento después de los 50 años es una práctica que cobra vigencia cada vez más. (Foto Prensa Libre: Servicios).

Sabemos por qué no lo hacemos. Si les contamos a nuestros amigos o familiares que vivimos alquilando una habitación, nos pueden mirar como bicho raro. ¡Ya no eres un adolescente! Piensan muchos. ¿Cuándo vas a crecer? Pero la realidad es que existen muchísimas razones para que la gente, incluso a una edad adulta y en plena madurez, deban o prefieran compartir casa con otros.

“Vivir solos en una ciudad grande se ha hecho impagable para mucha gente”, apunta el especialista Ulrich Herrenweger. Ese es un motivo muy común. Para otros, es un tema de movilidad. “Pagando por una habitación es mucho más fácil desprenderse o cambiar en caso de que cambien las circunstancias laborales”, explica el sociólogo Clemens Albrecht.

Para quienes crían a sus hijos solos o para los jubilados también puede ser una gran solución. Compartir la vivienda con personas que están en una situación similar puede ser un gran respaldo mutuo, además de ser una buena fuente de contactos, un espacio en el que uno está acompañado, ya sea de mayor o porque uno acaba de llegar a una ciudad. Hay mucha gente que no quiere vivir sola y esta es una muy buena solución.

Para que la convivencia funcione, es importante asentar algunas reglas, sobre todo cuando la primera motivación para compartir ha sido del orden práctico y no emocional como en el caso de una pareja. Veamos algunos de los aspectos centrales:

 ¿Queremos tener mucho contacto o no?

¿Bebemos todos los días una copa al final del día o cenamos una vez por semana juntos? Es mejor comentar de entrada cuál es la idea que tiene cada uno para evitar problemas en el futuro. La base de todo es, por supuesto, la simpatía. Pero además es bueno chequear qué espera el otro del piso compartido, no vaya a ser que uno quiera paz porque tiene demasiados programas sociales y el otro quiera conversación. Mejor hablarlo desde el primer momento.

 ¿Quién hace las compras, quién limpia?

Uno compra siempre el papel higiénico y el otro no aporta nada a los espacios comunes, pero “toma prestada” una fruta de postre después de cada cena. ¿Es bueno relajarse y dejarlo pasar?

Apartamento compartido
Es importante hablar desde un principio acerca de los gastos que cubrirá cada uno. (Foto Prensa Libre: Servicios)

Esa regla también es mejor ponerla desde un primer momento. “Además, siempre es mejor reducir al mínimo los gastos en común, de modo de evitar los conflictos de quién usa qué cosa y quién la paga”, advierte Albrecht.

Si a nadie le gusta limpiar por gusto propio, más vale hacer un plan de cuándo le toca a cada uno. O contratar a alguien y pagarlo entre todos. Si la vivienda se comparte entre personas de distintas generaciones, puede que sea mejor repartir las tareas. La mujer mayor cuida a los niños y el padre joven soltero le hace las compras, por ejemplo.

¿Cómo evitar una discusión?

Puede que de pronto nadie le haga caso al plan de limpieza, que uno traiga todo el tiempo visitas, que le otro no compre nunca nada. ¿Qué podemos hacer cuando vemos que se avecina una tormenta?

Lo único que puede ayudar es hablar. Puede sonar muy obvio y trivial, pero muchísimas personas se hacen un gran problema a la hora de decir algo de un modo directo. “No tiene nada de malo pedirle al otro que limpie o que se atenga a un plan”, comenta Albrecht.

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Mantener comunicación será necesario para lograr una sana convivencia. (Foto Prensa Libre: Servicios).

Es mejor plantearlo y comentarle al otro cuáles son los límites de nuestra tolerancia. Seguramente será mejor plantearlo en otros términos, pero al poner un tema sobre la mesa, el otro rápidamente notará que hay algo que a uno seguramente le importe más que a otro. Eso tal vez ayude a asumirlo y cambiarlo, para que compartir el lugar vuelva a ser una alegría y a tener sentido.

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