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RERUM NOVARUM La dignidad humana como imagen de Dios
No somos dueños de nuestra vida cuanto administradores de lo que tendremos que dar cuenta.
Por:
Gonzalo de Villa
Hay dos tradiciones humanistas que tienen un origen, si no común, al menos familiar, y que se refieren a la incomparable dignidad del ser humano. Una es la tradición cristiana de la que la Iglesia Católica se identifica como baluarte y portaestandarte.
Todo ser humano tiene una dignidad indispensable que es producto de que la vida humana procede de Dios y que desde el vientre materno hasta el fin natural de ella, aquí en la tierra, hay que defender.
Esa dignidad tiene dos dimensiones que son igualmente fundamentales. La primera dimensión se refiere a la existencia de la vida misma y a su defensa ante toda amenaza que intente hacerla desaparecer. Es aquí donde la Iglesia Católica declarará de modo absoluto su condena al aborto y a la eutanasia.
La segunda dimensión nos hablará sobre la vida humana en la que tenemos derecho a vivirla con dignidad, en libertad, y sin estar estarle negados los caracteres básicos que hacen de la dignidad algo más que la pura supervivencia física.
Son los derechos a nombre, a nacionalidad, a libertad religiosa, a techo digno, a una familia, a educación, al respeto en su cultura, etcétera.
La otra tradición tiene sus orígenes en la Ilustración del siglo XVIII, en la Revolución Francesa, y alcanzará un hito fundamental en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de las Naciones Unidas, en 1948.
Hay importantes elementos de coincidencia entre ambas tradiciones como el valor fundamental de cada persona y el carácter no negociable de su dignidad.
Sin embargo, de esta segunda tradición ha brotado, en los últimos años, una serie de intérpretes en los que, con el afán legítimo de precisar nuevos derechos y nuevos alcances de derechos ya antes conocidos y defendidos, se ha ido dando una tergiversación fundamental de algunos derechos.
Una tergiversación importantísima ocurre en torno al tema del aborto, que es defendido como aceptable o como mal menor en algunas corrientes, y como un derecho femenino en otras corrientes.
El presunto derecho de la mujer a disponer de su cuerpo y de lo que en él surge –con la obligada e inevitable cooperación de varón– es defendido en algunas corrientes feministas extremistas más como un derecho de género que como un derecho humano básico.
El final de la vida humana se va volviendo más y más complejo. En el nombre de la calidad de vida se busca defender también el derecho a escoger la muerte a nombre propio o en nombre de familiares inmediatos.
Es claro que tratamientos extremos no son moralmente necesarios cuando de prolongar la vida se trata, aunque en este ámbito se abren preguntas moralmente relevantes a las que la respuesta, más allá de tecnicismos, debe ir orientada hacia cuál sea la voluntad de Dios en esos momentos.
Por ello, la Iglesia Católica, más allá de los apasionamientos o de las soluciones casuísticas a los problemas, considera que en los temas de la vida humana, de su defensa y de la defensa de su dignidad, hay que remitirse a principios básicos que nunca podemos olvidar: el carácter sagrado de la vida humana por el hecho de que cada ser humano es la imagen viva de Dios mismo.
No es tanto la defensa de una especie privilegiada en nuestro planeta cuanto la defensa de una dignidad conferida al ser humano desde fuera de él y desde lo alto. Por ello no somos dueños de nuestra vida cuanto administradores de lo que tendremos que dar cuenta.
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