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Guatemala, 11 de marzo de 2008

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DE MIS NOTASAlfred KaltschmittColombia: teatro absurdo

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A veces es difícil enten- der los entretelones y los subtextos de la política internacional cuando se tiene que vivir con la historia colgada en la espalda como parte de la responsabilidad presidencial.

Ahí estaban la mayoría de los presidentes de Latinoamérica, sentados en la Cumbre de Río, tirándose dos de ellos los platos diplomáticos. Uno reclamaba, con indignación, la violación de su soberanía territorial, con un grueso legajo de argumentaciones jurídicas. Todas ciertas, todas legalmente correctas.

El otro, con la historia de la violación humana en la mano. Historias de horror. Historias de monstruos, de raptos y secuestros, de torturas y bombas que matan a inocentes. De narcotráfico que se escuda en las reivindicaciones de legítimas aspiraciones políticas.

Y el mundo entero le daba la razón a Colombia. Le daba la razón por encima de los reclamos de violación de soberanía, porque mil 800 metros de frontera no pueden ser el santuario del revolucionario secuestrador narcocriminal. El que ha mantenido secuestrados en harapos y esqueleto durante años a cientos de “Betancourts”. El que controla el narcotráfico del hemisferio sur, amparado en alianzas con dos ególatras que tienen secuestrada la democracia en sus países.

Solo ególatras mesiánicos perdidos en sus elucubraciones más extremas pueden resistirse en calificar a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como un movimiento sin escrúpulos, asesino, secuestrador y plenamente involucrado en el narcoterrorismo.

Y es que lo que debió haber sido un simple procedimiento de respeto mutuo y consulta previa —y hasta coordinado— para eliminar la facción narcoterrorista más sanguinaria y peligrosa del hemisferio sur, se tuvo que ejecutar en forma unilateral a un costo político muy alto, al extremo de tener que pedir perdón y dar abrazos a dos presidentes constitucionales con innegables y comprobados vínculos con ese grupo terrorista.

Claro que otra cosa hubiese sido una simple llamada entre dos mandatarios que están en la misma página antinarcoterrorista; habría tenido el mismo resultado sin el teatro de la reacción exagerada.

Ahora, el mundo entero tiene que soportar ese cacareo de violación de soberanía, sabiendo perfectamente lo que en realidad se mueve detrás del telón de este teatro político absurdo.

Lo que se mueve tiene preocupados a todos, especialmente a Washington. Poner en pie de guerra a 10 batallones y movilizarlos a la frontera no se toma a la ligera, porque Chávez ha llegado a ser un ente impredecible.

¿A quién, sino a politiqueros con ínfulas mesiánicas, que han perdido el rumbo y la capacidad de distinguir la realidad mas allá de sus visiones egocéntricas, se le ocurre en mala hora ligarse a estos grupos?

El as bajo la manga de Uribe fue lo que encontraron en ese campamento. No solo documentación, sino información de inteligencia grabada en la computadora del segundo más importante jefe de las FARC, la cual comprueba categóricamente que, en el caso de Correa, había recibido fondos para su campaña política. Y, en el caso de Chávez, documentos aún más comprometedores que Uribe todavía no ha sacado. De hecho, fue Chávez el que hizo posible la detección del campo guerrillero, por haber violado el código de seguridad. La llamada satelital fue rastreada y, posteriormente, servida en bandeja de plata, con todo y coordenadas a Uribe. Tenía que tomar una decisión. O atacaba o perdía la oportunidad de asestarle el peor golpe en la historia de las FARC, aniquilando al número dos y experto negociador de secuestros. El costo político era muy grande. Pesó más liberar al mundo de esa sanguijuela.

Esa era el as bajo la manga que Uribe llevó a la Cumbre de Río y que circuló a los países más influyentes de la Organización de los Estados Americanos. De la asamblea salió una tibia condena y aceptación de violación de las normativas de la Carta de ese organismo. Pero entre corrillos y sotto voce, todos aplaudían la osadía.

Una cosa es cierta: el teatro aún no termina.

alfredkalt@gmail.com

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