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Guatemala, 11 de marzo de 2008

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MIRADORPedro TrujilloUna nueva clase social

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Algunos diputados ofi- cialistas se reunieron recientemente con el presidente, para reclamarle sobre la posibilidad de que el Gobierno contrate a quienes ellos propongan: a “nuestra gente”, según sus palabras. Esta forma tan peculiar de ver y hacer política, por cierto algo no exclusivo de este gobierno, ha dado lugar a una nueva clase social: “mi gente”.

La clase “mi gente” no pertenece al estrato de ricos o pobres, de empresarios o parias, nada que ver. Es una clase moderna e inclusiva, cualquiera puede pertenecer a ella, con tal de que se acerque a nuestras insignes autoridades y les pida un huesecillo, bien sea a través de algún contrato del Estado o, sencillamente, con un puesto en la administración pública, bien pagado, ¡cómo no!: son “mi gente”. Tampoco es necesario ser licenciado o graduado en nada, ni siquiera estar estudiando. El colectivo “mi gente” requiere, únicamente, de un servilismo a prueba de cualquier otro más rentable. Ojo, sí es necesario alabar la simpatía extrema del diputado o reír las gracias del señor alcalde, para después, con nocturnidad o incluso absoluto descaro, quedarse con el botín o simplemente poner la mano donde recibir las prebendas que pueden otorgárseles.

“Mi gente” está siempre lista para ocupar no importa qué puesto, lugar o trabajo, incluso si es fantasma. No es necesario que haya un espacio concreto: se crea para ellos. Deben ser, de preferencia, parientes, amigos, consortes o incluso amantes. Algunos cumplirán una función determinada y, otros u otras, estarán listos para, desde debajo de la mesa o en hoteluchos baratos, satisfacer las apetencias de esos “hombres poderosos”. ¡Muchá!, eso es “mi gente”.

Y no se extrañen, así debe de ser. Ellos (y ellas) “sufrieron” mucho durante el proceso electoral, apoyaron a quienes ahora ocupan altos cargos públicos y hasta financiaron la campaña política, lo que, necesariamente, conduce a una reversión de la inversión, eso sí, con el plus porcentual del interés desmedido, en función del tiempo de la misma. “Mi gente” es leal, servil, mansa, incluso vil y rastrera, pero, sobre todo, hace cuanto se le propone y “únicamente” pide algún millonario contratillo o un puestecillo bien pagado, de esos que siempre sobran en la administración y no se sabe cómo llenarlo. “Mi gente” no falla. Está a la hora que haga falta y donde se le cite. Se conforma con una comidilla liviana, tipo de las nuevas del Congreso, y apenas solicita una gorrita y camiseta con el eslogan de la manifestación o relajo que organizar. Es fiel a las consignas del partido, guarda el necesario secreto para pasar inadvertida y ni siquiera Mario Taracena la encuentra en las listas que fiscalizó tras haber denunciado plazas fantasma. Así es “mi gente”. Hombres y mujeres que luchan por las ideas del partido, aunque el partido no tenga ninguna idea. Apoyan cualquier iniciativa de ley, a pesar de no saber leer ni escribir y, sobre todo, siguen ciegamente a nuestros insignes “líderes”.

“Mi gente” es el presente y el futuro del país. Lo único malo es que mi gente no es tu gente. Y cuando llegue otro mandará al carajo a tu gente, para poner a la suya. Gente, también, con idénticas características. Es más, algunos hasta son los mismos, porque “mi gente” ya se ha convertido en una clase social capaz de medrar no importa en qué ambiente. ¡Ole, ole, con “mi gente”!, se podría aclamar al inicio de todos los eventos del partido o acto público que se precie.

Esto va dedicado a quienes me leen: ¡coño, a mi gente!, ¿o es que yo voy a ser menos?

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