Salud y Familia
Hambre emocional vs. hambre fisiológica: cómo reconocerlas y mejorar la relación con la comida
La necesidad de comer no siempre surge del cuerpo, sino también de las emociones, que pueden influir en sus hábitos alimenticios y generar sentimientos de culpa.
Para mejorar la relación con la comida es necesario saber identificar el hambre emocional y el hambre fisiológica. (Foto Prensa Libre: Freepik)
Comúnmente se habla de las relaciones interpersonales y de esa cercanía con la familia, los amigos, la pareja o los compañeros de trabajo; sin embargo, hay otra relación que también hay que cuidar: la relación con la comida.
Desde disfrutar de ciertos platillos hasta sentir culpa al ingerir alimentos que están fuera de la dieta son signos que revelan cómo es la relación con los alimentos.
“Más allá de una buena o mala relación con la comida, es qué relación saludable tengo con ella o qué cosas puedo mejorar para mejorar esa relación. Cuando nosotros tenemos una relación saludable con la comida, nosotros podemos comer sin miedo, disfrutar la comida, reconocer las señales de hambre o de saciedad que tenemos en nuestro cuerpo. Podemos también elegir los alimentos pensando en si van a ayudar a mi salud o me va a perjudicar”, explica Ana Elisa Pacheco, nutricionista clínica de Newtrition Center.
Por otro lado, cuando la relación con los alimentos no es la mejor, las personas continuamente piensan en cuántas calorías están comiendo, comienzan a clasificar los alimentos como “malos”, llegan a sentir culpa después de comer, evitan reuniones para no caer en la “tentación” de los alimentos o hacen ejercicio extremo para subsanar lo que comieron.
A decir de Natalia Sandoval, psicóloga clínica y máster en Conducta Alimentaria, esa relación con la comida proviene, muchas veces, de confundir la palabra “dieta” con un estilo de vida saludable.
“Cuando decimos ‘dieta’, lo vemos como algo temporal, orientado a una meta y a mayor restricción, lo cual a veces frustra. Hay personas que dicen: ‘cero azúcar’ o ‘cero carbohidratos’. Psicológicamente, cuando prohíbes algo, se te antoja más. Cuando tienes una restricción física o mental hacia algo, eso se vuelve más atractivo. Esa rigidez genera mayor preocupación ante la comida”, explica.
Al final, se convierte en un círculo vicioso de restricciones extremas, caer en la tentación y autocastigarse por “salirse del objetivo”, lo que genera sentimientos de culpa y fracaso y aumenta la ansiedad y el estrés que desencadenarán una insaciable “hambre emocional”.

Hambre fisiológica frente al hambre emocional
Sentir hambre es normal; sin embargo, las expertas resaltan la importancia de identificar de dónde proviene esa sensación: si de la necesidad fisiológica o de las emociones.
El hambre se define como la gana y necesidad de comer. Todas las personas la experimentan, especialmente cuando han pasado varias horas sin ingerir alimentos.
Pero también puede surgir poco tiempo después de haber comido, motivada por el estrés, el cansancio, la ansiedad y otros factores que están alejados del estómago y más cerca del cerebro.
“El hambre fisiológica empieza paulatinamente. Tú empiezas a sentir un poco de hambre porque ya es hora de la comida, pero estás tranquila, no tienes un antojo específico, no te sientes alterada. En cambio, el hambre emocional es repentina, de la nada te dieron ganas de algo en específico. Usualmente llega cuando estás estresada o tienes alguna carga emocional”, explica Sandoval.
Según Pacheco, para reconocer si el hambre viene de la necesidad fisiológica o emocional, es necesario estar conscientes y hacerse varias preguntas antes, durante y después de consumir algún alimento.
Antes de comer:
- ¿Qué tanta hambre tengo de 1 a 6? Seis es muchísima hambre y uno, moderada.
- ¿Qué siento físicamente? ¿Es solo un antojo o mi cuerpo me está pidiendo el alimento?
- ¿Qué emoción está presente? ¿Estoy comiendo porque soy triste, porque soy feliz?
- ¿Qué alimento podría nutrirme y satisfacerme en ese momento sin perjudicar mi salud?
Durante la comida:
- ¿Estoy disfrutando el sabor de esos alimentos?
- ¿Estoy comiendo rápido?
- ¿Mi hambre ha disminuido?
- ¿Ya me llené? Entonces ya no sigo comiendo.
Después de comer:
- ¿Quedé satisfecho o satisfecha?
- ¿Cómo se siente mi cuerpo? ¿Se siente inflamado o se siente bien?
- ¿Tengo energía o tengo incomodidad?
- ¿Siento culpa por lo que comí o siento tranquilidad de que los alimentos me están nutriendo?
Impacto en la salud física y mental
La relación con la comida comienza a aprenderse desde pequeños, desde el tamaño de las porciones que se sirven a los niños, la “obligación” de terminarse todo lo que está en el plato, el “dulce” que premia alguna buena acción o los cumplidos y felicitaciones cuando están delgados.
Según las expertas, estos aprendizajes hacen que, en la vida adulta, muchas personas llenen los platos de comida, se sientan obligadas a terminarse lo que sus hijos no se comieron para que “no se desperdicie”, premien un esfuerzo personal con un helado o un pastel o vivan intentando dietas para bajar de peso.
“Me pasa mucho con mamás, que se terminan toda la comida de sus hijos para no tirarla. Y yo les digo: ‘usted no es un basurero, si ya está llena, no tiene que comerse la comida de sus hijos’. Y se dan cuenta que es cierto, que están tratando su cuerpo como basurero”, cuenta Sandoval.
La relación con la comida tiene un impacto en la parte física y psicológica, pues puede desencadenar trastornos alimenticios e, incluso, afectar la relación con las demás personas, porque cuando no se tiene una relación adecuada con los alimentos, se evita salir y asistir a eventos donde se podría socializar.
“El equilibrio nos va a ayudar a que nuestra relación física, emocional y social esté bien, esté adecuada para que podamos tener los nutrientes que nuestro cuerpo necesita y de esa forma una alimentación saludable y balanceada”, dice Pacheco.

De la prohibición al disfrute
Para Sandoval, cuando hay una buena relación con la comida, se ven los alimentos como nutrición, como una situación social, como una relación de disfrute, amor y respeto. Mientras que las personas que tienen problemas con la comida no suelen disfrutarla.
“Algo que le digo a mis pacientes es: ‘disfrutemos el proceso’. Si nosotros disfrutamos lo que comemos, vamos a lograr hacerlo felices. No es una prohibición o restricción, sino que estamos trabajando para estar mejor y sentirnos mejor. Entonces, viene la palabra ‘equilibrio’”, coincide Pacheco.
El equilibrio conlleva incluir todos los nutrientes de los alimentos, desde los macronutrientes, que son los carbohidratos, las grasas y las proteínas, hasta los micronutrientes, que son las vitaminas y los minerales.
“La cantidad de alimentos que vamos a comer responde a nuestras necesidades individuales. Cada persona es individual y tiene un requerimiento calórico y proteico específico para lograr mantener un estado nutricional adecuado”, agrega la nutricionista.
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A eso, Sandoval añade que el amor y respeto personal le hará elegir comer bien, sin castigar o restringir. “Como me amo y me respeto, si un día yo quiero comerme algo rico, me lo como también. Amor, respeto, nutrición y disfrute; si tú tienes esas cosas, tú tienes una buena relación con la comida”.
La psicóloga recomienda implementar la alimentación 80-20, que es 80% de comida saludable y 20% de disfrute.
“En el 80% come nutritivo, come bien, come porque te amas y te respetas; y en el 20% come lo que se te antojó, que saliste a comer con tu pareja, que es el cumpleaños alguien: come en paz y tranquilo porque sigue siendo un porcentaje en donde el sigue ganando lo nutritivo”, explica.
Claves para mejorar la relación con la comida
- Ser más conscientes de lo que se está comiendo y del beneficio o daño que puede causar en la salud
- Ser más conscientes de que la actividad física es parte fundamental de la vida diaria
- Ser más conscientes de la necesidad de hidratarse correctamente y dormir bien
- Dejar de juzgarse a uno mismo y a los alimentos que consume
- Acudir a profesionales de la salud, como nutricionista, psicólogo o médico especialista, si se tiene algún padecimiento
Sandoval también sugiere hacer ejercicio, hablar con alguien, escribir, salir a caminar u otras actividades que ayuden a gestionar las emociones y eviten que se utilice la comida como una “anestesia” ante lo que se está viviendo.
“Mejorar esa relación con la comida no va a significar nunca dejar de comer, sino que es cuidar lo que comemos, pero de forma saludable, de forma divertida, de forma adecuada para mantener ese equilibrio en todos los nutrientes que nuestro cuerpo necesita y de esta forma estar cada día a saludables”, concluye Pacheco.


