Gerardi y la memoria de una nación

Opinión

¡No puede ser… nos volvieron a poner el mismo casete! –exclamó el amigo recién llegado, tras más de quince años de exilio. Había tenido que irse en 1982 a vivir a California y en 1998 retornaba por un corto tiempo a su tierra natal. Sin embargo, era como que nada hubiera cambiado en década y media. Un día antes de su arribo, habían asesinado de un modo nebuloso, oscuro y torpe al obispo Juan Gerardi Conedera. Ahí nomás, a escasas cuadras de Casa Presidencial y del Palacio Nacional, envueltos sus jerarcas en profundas sospechas sobre su complicidad en el homicidio. Tres días antes, Gerardi había ofrecido públicamente el informe del Proyecto Interdiocesano de Recuperación de la Memoria Histórica “Guatemala: nunca más”.

El Buen Pastor: el ejemplo Gerardi

Opinión

Clave dentro de las siete afirmaciones de Cristo en el Evangelio de Juan como “Yo soy” (la Vid, el Pan de Vida, la Luz del mundo, la Puerta, la Resurrección y la Vida, el Camino, la Verdad y la Vida) la frase “yo soy el Buen Pastor” es pronunciada en un contexto polémico: al Pueblo de Dios lo han conducido “pastores malos” que se han “servido de las ovejas, pastoreándose a sí mismos, abandonando el rebaño y sin buscar a la oveja perdida” (Ezequiel 4, 1-25). Ahora, el pastor diferente y bueno, tiene una actitud de entrega, de solicitud, de misericordia, de cercanía: es el Resucitado que “fue muerto para dispersar el rebaño” (Zacarías 13, 7) pero que vuelto a la vida “conduce a pastos verdes y aguas abundantes”. En otras palabras, el “pastor bueno” es quien no se queda en palabras o estructuras, sino que “abraza la cruz en todas sus consecuencias para salvar a sus ovejas”.