Caravana migrante: Cómo es pasar la noche en un albergue con cientos de desconocidos

Estar de paso en un país ajeno no es fácil, implica limitaciones, incomodidades y nostalgia, mucha nostalgia por la tierra y la familia que se quedó lejos, así cuentan los hondureños que forman parte de la caravana migrante que desde el lunes pasado comenzó a transitar por Guatemala.

Un grupo de migrantes duerme en el albergue instalado en el colegio San Benito de Esquipulas, Chiquimula. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)
Un grupo de migrantes duerme en el albergue instalado en el colegio San Benito de Esquipulas, Chiquimula. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

Un gran grupo, de unas mil personas, pasó la noche en albergues de Esquipulas, Chiquimula.

Ubicados en tres instalaciones, los migrantes hondureños sabían que tenían que salir a las 6 horas del jueves, como les había indicado personal de la Casa del Migrante.

A eso de las 20.30 horas muchos dormían en un gran gimnasio dentro del colegio San Benito, que se encuentra a pocas cuadras de la monumental Basílica de Esquipulas que por estos días luce sus mejores galas porque se celebra la fiesta en honor al Cristo Negro.

“No es como estar en casa, claro, eso lo sabemos todos lo que venimos acá”, dice Lesbia, una mujer de unos 45 años, mientras salía del baño donde había unos chorros y solo se les permitía limpiarse con toallas húmedas, o lavarse los pies, no ducharse.

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La incomodidad de la mujer era evidente, ella necesitaba darse un baño, pero personal del albergue le indicaba que las instalaciones no eran para eso.

Los hondureños se apresuraban a comer la cena que les ofrecían en la Casa del Migrante y que consistía en frijoles, arroz, café y un pan francés. Otros, los que tenían un poco más de recursos salieron a las calles de Esquipulas y cenaron tacos o tortillas con carne.

Los albergues estaban a punto de llenarse, por lo cual muchos optaron por quedarse a dormir en la calle.

Juguetes que un niño hondureño lleva para entretenerse en el camino, cada vez que se pueda. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)
Una migrante duerme en uno de los albergues de Esquipulas, le espera otro día agotador en su afán de llegar a EE. UU. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

“Ya nos dijeron que no hay dónde quedarnos, entonces pues no va a andar uno molestando más de la cuenta si ya le dijeron”, afirmó una mujer que prefirió no dar su nombre, mientras trataba de acomodarse junto con sus hijos en el parque frente a la Basílica de Esquipulas.

De todas maneras, ni a la mujer ni a otros migrantes se le permitió quedarse ahí porque a las 9 las instalaciones se cerrarían.

Ya en el albergue los viajantes hablan de cualquier cosa, el futbol, la situación política de Honduras, sus planes para llegar a la frontera…

Otros, sin embargo, prefieren descansar o al menos intentarlo. Con el ruido constante del ir y venir de personas a veces cuesta, dijo un hombre que intentaba taparse el rostro con una sábana. Por fin, después de las 20 horas apagaron las luces con lo cual comenzaron a dormir.

Carruajes que llevan los migrantes hondureños para transportar a sus niños. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

“No piensen en mi”

Sentado en un área del albergue, un hombre que no prefirió no proporcionar su nombre refirió que no es la primera vez que intenta llegar a EE. UU.

Asegura que tomó la decisión porque en su país “hay mucha pobreza”. El migrante reconoce que hay riesgos y que incluso podría correr riesgo su vida, pero confía en que Dios lo llevará por buen destino.

“Yo le digo a mi familia que no piensen en mi porque Dios me da muchas fuerzas. Aquí se sufren desvelos, carreras, caminar por lugares desconocidos, pero ahí vamos pa’lante”, dice con firmeza.

La noche fue larga para este niño hondureño que lloró durante mucho tiempo en el albergue. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

¿Qué llevan los migrantes?

Los migrantes viajan con una mochila, si mucho dos. Dentro de ellas tratan de llevar solo lo esencial, una o dos mudadas de ropa, artículos de higiene personal, como cepillo, pasta un jabón o una toalla. Tampoco les falta una frazada y aquellos que se atreven a cargar más llevan hasta un poncho pequeño.

Los que viajan con niños pequeños llevan pachas, una bolsita con leche en polvo, toallas húmedas, pañales y algún juguete. “Son para entretenerlo para que juegue cuando se aburre”, afirmó Dora Jimena una madre de 22 años que con su esposo buscan llevar a su niño hacia EE. UU.

Hay algunos que viajan solos, sobre todo los jóvenes, que van sin nada. Confían en la buena voluntad de los guatemaltecos y mexicanos para que les proporcionen lo mínimo para continuar el viaje.

Casi lágrimas

Los hondureños casi lloran cuando se les pregunta cómo es su primera (o segunda) noche fuera de su hogar.

¿Qué es lo que más extraña de su casa? Se le pregunta a un hombre de unos 50 años que estaba sentado en la puerta de la Casa del Migrante. Después de suspirar profundamente solo responde: “mis hijos”.

Un hondureño lava sus pies en el albergue del colegio San Benito, luego de un día de ardua caminata. (Foto Prensa Libre: Carlos Herenández)

Algunos también extrañan cosas materiales, la cama, la televisión o un par de zapatos cómodos.

Otros, como una mujer que estaba con todos sus hijos en Esquipulas no extrañan nada, total, como dice: “cualquier cosa es mejor que estar en Honduras”.

Más de mil 700 hondureños han ingresado a Guatemala desde el lunes pasado, según el Instituto Nacional de Migración, se estima que muchos comenzarán a llegar este jueves a la frontera con México.

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