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Guatemala, viernes 16 de junio de 2006

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Cultura

Revelaciones: “Lo que otros callan”
Por: Margarita Carrera

Así se llamaba la columna de Irma Flaquer (quien en 1980 fuera secuestrada y asesinada).

Dos años antes, después de leer una de mis columnas “Contra-reloj”, me invitó a su residencia para hacerme una entrevista.

Vivía en el segundo nivel de una casa en la zona uno. Tenía como compañera a una lechuza. Nos sentamos a la mesa y empezó el diálogo. ¿Cómo es que me había atrevido a atacar en mi columna a los famosos escritores que se habían exilado en México, sin querer volver a Guatemala? No pensando en las consecuencias, empecé a referirme a ellos con sarcasmo.

Hugo Carrillo, no con muy buenas intenciones, me había aconsejado hacer público mi encono en contra de los insignes guatemaltecos mexicanizados.

El gran Cardoza y Aragón estaba entre ellos. La entrevista salió en dos amplias páginas con fotos y comentarios. Estúpida de mí, no sabía cuán caro iba a pagar mi desatino.

En enero de 1979, el embajador de España en Guatemala, nos comunicó a David Vela, a Manuel José Arce y a mí, que habíamos sido designados para participar en el Congreso Internacional de Escritores en Lengua Española en Las Palmas de la Gran Canaria, a celebrarse en junio del mismo año.

Sin embargo, dos días antes de que se iniciara el Congreso, se disculpó diciéndonos que los organizadores del Congreso habían escogido, para representar a Guatemala, a Tito Monterroso y a Monteforte Toledo.

De todas formas, me dijo, si usted quiere ir, está invitada, pero pagando el pasaje. No lo pensé dos veces y al día siguiente estaba haciendo maletas para viajar a España.

El mero día que iniciaba el Congreso me embarqué en Iberia. Ya en Barajas abordé otro avión a Las Canarias. Entonces me entró el flato. Llegué a Las Palmas sin conocer a nadie ni saber dónde tendría lugar el Congreso.

En el aeropuerto había una señorita con un cartel: “Congreso de Escritores”. Me identifiqué como escritora y ella, sin mayores preguntas, me subió a un taxi al lado Jorge Edwards y otro escritor. Al llegar a un hotel de cinco estrellas, en la recepción me dijeron que mi nombre no aparecía entre la lista de invitados.

De todas formas, me dieron una habitación muy bella desde donde se veía la piscina. Después de nadar, me arreglé para dirigirme a Santa Brígida, en donde sería el Congreso. Llegar al antiguo monasterio, fue entrar en el Limbo. Me comuniqué con Tito Monterroso por teléfono para pedirle me presentara a los organizadores.

Su fría respuesta: ya leí tus comentarios sobre los escritores guatemaltecos que vivimos en México. Angustiada, busqué a Mario Monteforte. No lo conocía. Me lo señalaron.

Estaba sentado en una mesa con otros escritores. Mario, soy Margarita Carrera y quisiera tener el gusto de conocerle. Volvió a verme sin levantarse, me dio la mano y continuó bebiendo y platicando. Total desolación. Entonces me arrepentí de la entrevista con Irma y odié a Hugo Carrillo. Culpa de ellos, me dije. Me senté en un sillón muy afligida y presintiendo lo peor.

Entonces, vi venir, a lo lejos, al gran poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, uno de los insignes invitados especiales. Altísimo, delgado, igual a don Quijote. Le conté mi situación.

De inmediato me abrazó, me llevó con él, e hizo me inscribieran entre los invitados especiales.

(Aunque con más detalles y estilo diferente, este episodio aparece en mis “Memorias”).

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