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Guatemala, viernes 16 de junio de 2006

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Opinión

EDITORIAL
El tiempo en el arte de gobernar

Uno de los grandes dilemas de los mandatarios de cualquier nación preocupados por administrar con eficiencia el Estado se refiere a la forma más apropiada de usar el tiempo, especialmente cuando gobiernan en épocas de crisis e incertidumbre.

En países donde los gobernantes pasan gran parte del tiempo en compromisos en el exterior o en viajes locales sin mayor trascendencia, los ciudadanos se preguntan a menudo qué espacio dedican aquellos a atender las tareas para las cuales fueron electos.

Este dilema es permanente en latitudes en las que se percibe predilección de tales servidores públicos a estar en la calle, en contacto con la gente, probablemente atendiendo asuntos inherentes al ámbito político de su trabajo, pero que no son lo más importante.

La disyuntiva se acentúa con la suposición de que a causa de lo anterior se descuida el trabajo de gabinete, en el cual concurren infinidad de asuntos que requieren previsión, análisis, planificación y actuación.

Ese ejercicio es ineludible para discutir temas con los colaboradores específicos y para evaluar la marcha de lo ya dispuesto. Cuando se relega esa tarea fundamental de gobierno, a menudo se actúa en base de prueba y error y se recurre a la improvisación crasa o a la simple inercia.

La excesiva comparecencia pública también expone a un presidente al riesgo de hacer ofrecimientos que probablemente nunca cumpla y a recibir recriminaciones y falta de respeto por compromisos insatisfechos.

Un político en el poder que se entusiasma por las multitudes forja la idea de alguien que pierde demasiado tiempo en futilezas, como inaugurar ferias, coronar reinas, colocar primeras piedras de obras que rara vez se concluyen en su período o congraciarse con la gente con bailes y degustes culinarios.

Es bueno el contacto con la gente, pero sólo después de que se ha atendido apropiadamente el despacho de los negocios públicos, entre ellos la búsqueda de consensos con las fuerzas políticas de oposición integradas al Estado, para viabilizar leyes y otras medidas necesarias frente a los apremios sociales.

El tiempo es el peor enemigo de un mandatario para salir del Gobierno con porte de estadista. Pero cuando aquel posee talento y lucidez, tiene también habilidad para conciliar su agenda personal, de manera que lo prioritario destaque sobre lo truculento.

La constitución política de cada país es clara en cuanto a las tareas fundamentales de un gobernante, y no hay por donde perderse. A partir de ahí, aquel sólo debe ejercer con eficiencia los derechos y obligaciones de su puesto.

“Son tan sólo cuatro años y no hay tiempo que perder”, exclamó la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, el día en que se confirmó su triunfo. Esta frase es oportuna para aclarar el entendimiento de sus colegas con tendencia a confundir el objetivo de su trabajo.

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