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Guatemala, martes 16 de mayo de 2006

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Cultura

“El libro que mi madre escribió”

Por: Humberto Ak’abal

“Mi abuela había ido a la fiesta de Ayutla y de allá me trajo una muñeca de palo, recuerdo que la vi fea y no me gustó, la tomé y la eché al fuego”.

“La abuela se indignó y me jaloneó las orejas. No vayás a hacer eso cuando tengás tus hijos, fue su recomendación mientras la muñeca ardía en el fuego... En otra ocasión, era ya de noche, salí de la cocina con un manojito de ocote y fui al cuarto a buscar algo, y desde la puerta vi una culebra sobre la butaca, pegué un grito y mi papá vino a ver qué pasaba? ¡una culebra!, le grité; él la vio de reojo en la penumbra y corrió a llamar a mis tíos para que lo ayudaran a matarla, cuando entraron con chicotes y machetes no encontraron ninguna culebra ¡era la cinta con la que mi abuela se trenzaba el pelo la que estaba enroscada sobre la butaca!...”

Mi madre se reía cuando nos contaba esas travesuras de su niñez.

Ella sólo aprendió a deletrear, pero sus palabras y su voz quedaron escritas en mi corazón. A pesar de las penas que pasamos en casa por muchas carencias, a pesar de su cansancio y de lo difícil que fue vivir después de la muerte de mi padre, siempre encontró tiempo para contarnos anécdotas, cuentos, historias...

Algunas las había aprendido de los abuelos y otras eran de su experiencia o de su imaginación.

Lo hacía con tanto realismo que en mis recuerdos, casi me parecía ver las cosas que ella contaba.

Mi madre también nos enseñó el valor del trabajo, la recuerdo haciendo tumines que vendíamos de casa en casa. Los miércoles y los domingos rescataba bananos para revenderlos y así ganar algunos centavos, por la noche bordaba güipiles que después de meses de trabajo vendía.

Ella también sabía manejar la lanzadera en el telar y sabía usar el machete y el azadón. Alguna que otra vez nos hizo entrar en razón con unas cuántas nalgadas o un par de paletazos cuando no atendíamos su llamado.

Los años han pasado, a mi madre le cansan los caminos, su voz es mas pausada y su mirada divaga, tal vez, en sus recuerdos. Le cuento de mis cosas, de mis viajes. Le leo mis poemas, le canto mis cantos y ella los aprueba con un leve movimiento de su cabeza.

Muchos creen que ella se siente orgullosa de tener un escritor en casa pero no es así, para ella yo sólo soy su hijo, el poeta no cuenta, el poeta es para los demás. Ella se siente orgullosa de haber hecho de mí un hombre y me sigue viendo como si yo aún no tuviera canas.

Su voz ha quedado grabada en las ollas viejas, en la piedra de moler, en la puerta de la cocina, en el recuerdo... Mi madre nunca escribió un libro. Ella escribió en mí, en mi sangre; yo soy su libro.

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