Guatemala, 16 de junio de 2009

MIRADOREléctricosPedro Trujillo

HOMO ECONOMICUSChalecosJosé Raúl González Merlo

PUNTO DE ENCUENTROA sangre y plomoMarielos Monzón

WACHIK’AJCuidado CCMartín Rodríguez

SIEMBRAEjemplo cívicoCarlos Enrique Zúñiga Fumagalli

DE MIS NOTASAlfred KaltschmittDesviación de la visión
Uno se pregunta por qué hay diferencias tan abismales en Guatemala. En otros países los colores de los indicadores de desarrollo humano están distribuidos en un rango mayor de matices. Aquí es blanco y negro. Los que tienen y los que no. Una clase media que debería ser el gris dominante es una de las más pequeñas de Latinoamérica. Pero abunda el negro. Un negro que nos ha dejado una larga oscuridad histórica y secuelas socioeconómicas aun en plena efervescencia.
Y si la ruleta del destino ha tenido y tiene más espacios negros que blancos, evidentemente el responsable ganador es este sector. Ha puesto y quitado presidentes, influido en todas las administraciones, corrompido a no pocos, comprado leyes, y en numerosas ocasiones ha impedido la libre competencia y la transparencia para competir en igualdad de condiciones con los que se atrevieron a cuestionarlos con cosas tan simples como reglas de juego parejas, estado de Derecho, libre mercado y respeto a las leyes: Mercantilismo, le llaman. Tiene muchos nombres y apellidos.
Eso es del lado del mercantilismo extremo que aún pulula con gran pujanza en esta granja, soñando con conseguir un candidato “pico de oro, con huevos y autoridad”.
Pero también de lado de la izquierda ha habido un arcoiris de pecadillos casi copia fiel de los primeros, en cuanto a ansia de poder, plata fácil y al manipuleo de las masas para sus fines. Líderes sindicalistas con discursos agotados, con más ambición que visión.
Activistas politiqueros antes que defensores de sus bases. Sin capacidad de tender puentes o apertura a nuevos paradigmas. Como en todo, hay excepciones. Pero estas golondrinas de ambos lados del río no han podido hacer verano.
Cortoplacismo, improvisación y ausencia de liderazgo son algunos de los síntomas agregados que agobian a nuestro país. Y en medio de ese entuerto gira nuestra política nacional. Con un Estado tratando de sobrevivir dentro de un sistema con profundas fallas estructurales que le impiden funcionar adecuadamente para garantizar la seguridad, la vida, la libertad dentro de un estado de Derecho y justicia.
Ha habido algunos destellos esperanzadores. El último fue cuando los partidos políticos se sentaron para discutir y consensuar el llamado plan “visión de país”. Supuestamente desembocó en un pacto que permitiría impulsar políticas públicas en un plazo de 20 años, “indiferente” al partido que llegase al poder. Estaría avalado por todos y basado en los temas prioritarios definidos: Desarrollo Rural, Educación, Salud y Nutrición, Seguridad y Justicia.
Emergió cuando Felipe González, un actor central de los pactos de la Moncloa, visitó nuestro país. De pláticas sostenidas con algunos guatemaltecos surgió la idea de convocar a los partidos a un compromiso de largo plazo que trascendiese las estériles gestiones de gobierno cada cuatro años.
Durante estas pláticas surgieron interesantes observaciones: Teníamos mucho en común con la España de 1978: Una larga guerra civil; una clase política desarticulada e incapaz de cumplir con la intermediación propia de su razón de ser; una economía incapaz de atraer inversión con la rapidez demandada por la mayoría de la población pobre; y una población agotada e impaciente con lo responsables de la convulsión política.
Han pasado tres años y el Plan Visión de País se encuentra en el Congreso guardando polvo.
Al interesante artículo de Edelberto Torres Rivas del pasado domingo, sobre la responsabilidad de las elites, en el que concluye: “El país necesita con urgencia de una elite que trace con optimismo una visión de futuro, que defina una posibilidad de cambio, que sin exponer su bienestar pueda influir en el desarrollo nacional con algunas dosis de equidad.”
Habría que agregarle, que cuando por fin la clase dirigente toma conciencia y hace algo, falla el eslabón final en el Congreso, y la izquierda se cruza de brazos.
Solo peras y manzanas juntas harán la diferencia.
alfredkalt@gmail.com
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