Por qué el Mundial del 2026 despierta nostalgia colectiva mientras el futbol vuelve a detener al mundo
La Copa del Mundo promete ser la más grande de la historia, pero también enfrenta el desafío de reconectar con la emoción y el folclor que marcaron a otras generaciones.
Cada cuatro años, el Mundial transforma horarios, conversaciones y emociones hasta convertir el futbol en un lenguaje compartido por millones. (Foto Prensa Libre: EFE/ Felipe Gutiérrez)
El silbato vuelve a sonar y anuncia el inicio, cuatro años después, de una nueva fiesta mundialista. Este año, la apuesta es ambiciosa: tres sedes, 16 estadios, 39 días, 48 selecciones y 104 partidos; pero, como siempre, solo un ganador.
Millones de personas alrededor del mundo se congregan en estadios, bares, restaurantes y casas particulares. Se reúnen con amigos o familiares e, incluso, quienes no suelen seguir este deporte ven más de un partido durante esos días.
Y es que, como ocurre cada cuatro años, el mundial de futbol paraliza al planeta. Más allá de los 90 minutos de juego, este evento provoca que, durante un mes entero, buena parte de la humanidad reorganice horarios, conversaciones y emociones alrededor de un balón.
El torneo une a países y comunidades enteras, que proyectan orgullo nacional o apoyo a alguna selección afín. Los aficionados convierten cada partido en una batalla simbólica en la que se disputan identidad, pertenencia y reconocimiento. No solo siguen a un equipo, sino que se reconocen a sí mismos en colores, símbolos e historias compartidas.
No hay distinción de edad ni sexo. Lo que importa son las banderas, y la camiseta de una selección pesa más que la ciudad o incluso que la rutina diaria.
Esto ha sido así durante casi un siglo. Este año, además de celebrarse por primera vez en tres países —México, Estados Unidos y Canadá—, el Mundial es la antesala del centenario mundialista del 2030.
Más que en los partidos mismos, el fervor comenzó desde las eliminatorias y el sentimiento crece conforme se acerca la fecha. Sin embargo, también existe una sensación de nostalgia colectiva, una percepción de que algo falta. “Hay algo que este Mundial no tiene y que otros sí tenían”, se lee en comentarios publicados en redes sociales, según un estudio efectuado por Goo, una plataforma de analítica de audiencias que permite comprender el comportamiento y los intereses del público.
Pero, ¿a qué se debe esta percepción?

48 selecciones
Qatar 2022 se disputó con 32 selecciones. Sin embargo, para esta edición, la Fifa decidió aumentar ese número a 48, con lo que dio oportunidad a más naciones de participar en el torneo.
Esta decisión permitió que países como Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán debutaran en la competencia.
Sin embargo, según el actual entrenador de la Selección sub-20 de Guatemala, Sebastián Bini, esta decisión genera dudas entre los aficionados, pues existe la percepción de que la primera fase podría perder parte de la emoción que tenía anteriormente, ya que la cantidad de partidos podría resultar abrumadora.
“A cualquier persona a la que le guste el futbol le va a gustar el evento. Sin embargo, creo que el Mundial va a empezar a tomar sentido en los dieciseisavos de final”, comenta.
Bini considera que “hay que darle el beneficio de la duda a este nuevo formato”, ya que, como durante mucho tiempo los mundiales se han vivido de una forma determinada, “este se nos hace atípico”, comenta.
No obstante, en redes sociales los internautas comparten calendarios con las fechas y horarios de los 104 partidos, los agregan a sus agendas y se organizan para tener libres los días que dure el torneo.
Las tres sedes
Por primera vez en la historia del torneo, el Mundial se disputará de manera simultánea en tres países: México, Estados Unidos y Canadá. Una decisión que, en teoría, amplía el alcance del evento, pero que también genera una percepción de fragmentación.
Parte de esa percepción tiene que ver con algo difícil de cuantificar, pero fácil de percibir. Según Benjamín Monterroso, exselecionado nacional y director técnico de futbol, podría definirse como el folclore que caracteriza a la competencia.
En los mundiales anteriores, un solo país se convertía durante un mes en el centro de atención. Las calles se llenaban de banderas, los estadios reunían a aficionados de decenas de naciones y la sensación de que todo ocurría en un mismo lugar generaba una energía que ahora, con tres sedes en distintos países, algunos perciben como diluida.
“Todavía no se siente ese clima de Mundial que existía en ediciones anteriores”, expresa Bini. Y es precisamente ese folclor, generado cuando aficionados de distintos países se reunían en un solo lugar, el que podría percibirse más disperso en esta ocasión.
La cultura futbolística de los países anfitriones profundiza esa sensación. México es la excepción. Para los guatemaltecos, reúne tres elementos emocionales: selección, sede y cercanía cultural. Además, la inauguración en el estadio Azteca refuerza ese protagonismo regional.
Pero Estados Unidos y Canadá presentan una realidad distinta. Monterroso señala que en México ya se vive la antesala del torneo, con afiches, celebraciones y artículos promocionales en distintos espacios, mientras que en las ciudades estadounidenses ese movimiento todavía no es evidente.
Este fenómeno no es casual. En países donde el futbol compite con el beisbol, el baloncesto o el hockey por la atención del público, el ambiente previo a un mundial no se construye de la misma forma que en Latinoamérica, donde este deporte no es una opción entre muchas, sino la principal.

El fervor de la afición
A pesar de todo, el Mundial convoca. Y en Guatemala lo hace con una intensidad particular.
Raúl Estrada tiene 14 años y, desde que tiene memoria, recuerda cómo en su casa todos se reúnen para ver futbol. Este será el segundo mundial que recuerda de manera consciente, pues en los anteriores era muy pequeño.
Para él, el evento es más que un juego, es una forma de convivencia familiar. No habla de estadísticas ni de favoritos. Habla de sentarse en el comedor con los suyos, de levantarse temprano para ver los partidos de la fase de grupos y de haber vivido la final del 2022 desde la sala de su casa, con toda la familia reunida. El Mundial, para Raúl, no es solo futbol. Es el momento en que su hogar se transforma.
Esa misma lógica opera en generaciones muy distintas. Juan Pablo Lira tiene 46 años, creció viendo futbol alemán con su padre, y hoy lo ve con su hijo. Para él, el torneo tiene una dimensión que va mucho más allá del deporte.
“Durante ese tiempo, la rutina nos cambia a todos. La gente empieza a organizar horarios para ver partidos, se reúne con amigos y familiares”.
Y lo que más le llama la atención no es la intensidad de los aficionados declarados, sino lo que ocurre alrededor del Mundial, pues incluso quienes no siguen habitualmente este deporte terminan “peleando por quién es el mejor, y es algo que solo pasa en estas fechas”.
“Al 90% de nuestra población le gusta el futbol, le encanta, le gusta verlo”, dice Monterroso. Y aunque Guatemala no clasificó al torneo, eso no apaga el entusiasmo.
La gente adopta selecciones por historia, por jugadores o por estilo de juego. Hay quienes apoyan a Brasil por su forma de jugar, otros siguen a Francia por Kylian Mbappé y algunos respaldan a Argentina cargando el peso emocional de Lionel Messi.
El Mundial se vive aunque la propia selección no participe, porque en el fondo nunca se trató únicamente de la camiseta propia.
El 18% del volumen total de menciones analizadas por Goo confirma lo que estos aficionados ya saben: el Mundial también es una ocasión social.
Comida, pantallas, bares, promociones y quinielas. La conversación no gira únicamente alrededor de los partidos, sino también de todo lo que ocurre antes, durante y después de encender la televisión.

Nostalgia mundialista
Y, sin embargo, algo falta. O al menos, eso siente una parte importante de la audiencia.
La nostalgia mundialista representa el 22% del volumen total de la conversación analizada por Goo —31 mil 838 menciones de las 144 mil 722 registradas— y funciona como un filtro emocional a través del cual se interpreta el presente del torneo.
Los aficionados comparan esta edición con las anteriores, como si cada mundial pasado hubiera sido mejor que el siguiente.
No se puede dejar de lado la nostalgia por la cultura popular que rodea al evento. El ritual de llenar un álbum —hoy percibido como cada vez más caro—, las canciones que se popularizaban con facilidad, las mascotas que representaban al país anfitrión y los recuerdos de partidos, finales y figuras históricas reaparecen cada cuatro años como un eco.
Y luego está el fin de una era. Jugadores como Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, que durante más de dos décadas ordenaron la conversación futbolera global, disputarán presumiblemente su último mundial.

Nueva era del Mundial
El futbol permite gritar, llorar, abrazar a desconocidos, rivalizar deportivamente con el adversario y compartir emociones con miles de personas al mismo tiempo.
Además, este deporte conserva algo que el mundo moderno ha perdido gradualmente: la incertidumbre auténtica.
A diferencia de muchos espectáculos condicionados por algoritmos, guiones o narrativas prefabricadas, en el futbol todavía existe la posibilidad real de lo inesperado.
Un gol cambia una historia, un error modifica un torneo y un desconocido puede convertirse en héroe nacional en cuestión de segundos. Mientras exista esa posibilidad, la ilusión permanecerá viva.
La razón por la que el Mundial domina las redes sociales y las emociones es simple: combina identidad, incertidumbre, espectáculo y pertenencia. Y eso nos hace humanos. Cada partido puede producir una imagen que perdure durante décadas y cada jugador puede convertirse en héroe o villano en una sola noche. Cada selección lleva detrás millones de historias personales.
Durante un mes, la Copa del Mundo convierte un deporte que se juega en el patio de una escuela, en los parques o en la calle, con porterías improvisadas, en un espacio de convivencia entre aficionados, seguidores y espectadores que cada cuatro años esperan con ansias gritar gol.



