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¿Cómo fue el traslado de la capital de Guatemala al Valle de la Ermita hace 250 años?

El cuarto y definitivo asentamiento de la capital de Guatemala en el Valle de las Vacas, de la Ermita o de la Virgen -donde el Cabildo celebró su primera sesión el 2 de enero de 1776- enfrentó a sectores de la sociedad.

¿Cómo fue el traslado de la capital de Guatemala al Valle de la Ermita hace 250 años?

La capital de Guatemala se trasladó al Valle de la Ermita, de las Vacas o de la Virgen el 2 de enero de 1776, hace 250 años, donde se le dio el nombre de Nueva Guatemala de la Asunción. (Foto: Hemeroteca PL).

¿Cuál fue la razón de ese monumental traslado? Luego de los terremotos de Santa Marta, ocurridos el 29 de julio de 1773, el recién llegado presidente de la Real Audiencia, Martín de Mayorga y Ferrer, decidió evitar la tragedia de nuevos movimientos telúricos, por lo que impuso el traslado de Santiago de Guatemala a un sitio relativamente más seguro y alejado de los volcanes.

La suposición era que el foco de los constantes temblores y terremotos era el cercano volcán de Fuego, pero, en realidad, el nuevo asentamiento de la capital está más cerca de la verdadera causa de la mayoría de movimientos sísmicos: la falla del Motagua, refiere Gisela Gellert, en su artículo Desarrollo de la estructura espacial en la Ciudad de Guatemala (1990).

Pero no todos estaban de acuerdo con tal decisión. La sociedad de Santiago estaba dividida entre los llamados “terronistas” —Iglesia y Ayuntamiento—, encabezados por el arzobispo Pedro Cortés y Larraz, que se oponían al traslado, el cual era impulsado por los “traslacionistas”, liderados por Mayorga, dice el cronista de la ciudad, Miguel Álvarez.

Además de intereses políticos, estaban los económicos, porque al reubicar la metrópoli, se condonaban las deudas a los habitantes y se les entregaban nuevos terrenos en un tiempo en el que la Iglesia fungía como banco. Grandes comerciantes, además, se beneficiarían con la venta de materiales para la construcción de edificios públicos, obras de urbanismo y alimentos.

¿Cómo fue el traslado de la capital de Guatemala al Valle de la Ermita hace 250 años?

Desde la primera destrucción de Santiago, en el Valle de Almolonga, en 1541, el Valle de las Vacas había sido considerado como el apropiado para fundar la capital. En 1686, el cronista Antonio de Fuentes y Guzmán anotó que en dicho sitio había dos pequeños poblados, uno de españoles, cercano al río de las Vacas, y otro, de indígenas naborías —de servicio—, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción, ubicado cerca del templo de Nuestra Señora del Carmen —actual Cerrito del Carmen, zona 1—. Este último pueblo, al que se refería Fuentes y Guzmán, era el de la Ermita, que se encontraba a inmediaciones de la actual Parroquia de la Santa Cruz del Milagro, Parroquia Vieja, zona 6. El cronista colonial elogió el lugar, al que calificó de “hermoso valle”, donde se asentaban muchos españoles por la similitud de su clima con el de Europa.

El espacio geográfico del pueblo de La Ermita, refiere el historiador y doctor en Sociología Aníbal Chajón, comprendía desde el actual callejón del Judío, 4a. calle y avenida San José, zona 1, hasta una manzana más al norte y otra más al sur de la actual Parroquia Vieja.

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Así, pues, el valle no era un lugar deshabitado ni desconocido; pero, para hacer el traslado, este debía cumplir ciertos requisitos. Al mismo tiempo, se evaluaron otros lugares propuestos para tal fin, como el Valle de Jumay, en Jalapa, y los Llanos de Chimaltenango. Para tan impostergable tarea, se nombró una comisión en 1773, dirigida por Juan González Bustillo, que efectuó encuestas entre personas conocedoras de dichos sitios para determinar el tipo de clima, régimen de lluvia y vientos, y abundancia o escasez de recursos naturales, entre otros aspectos.

Luego de la evaluación, se llegó a la conclusión de que el lugar idóneo debía ser el Valle de la Ermita, se señala en la tesis Análisis cartográfico de la Ciudad de Guatemala, de 1776 a 1976, de Guillermo Arévalo (1979). Según aseveraban las personas encuestadas, el valle era “propicio, benigno y completamente sano”, lo cual permitía a sus habitantes disfrutar de una vida longeva, pues se reportó que “muchos fallecían hasta los cien años”. Además, se estableció que era muy rico en recursos naturales, así como en disponibilidad del agua, especialmente la proveniente del río de Pinula, llamado también Ojo de Agua. El lugar estaba rodeado de extensos bosques, que ofrecían materiales de construcción como roble, encino, cedro, pino y ciprés.

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Se destacó que El Naranjo, El Incienso, Los Ocotes y La Chorrera eran sitios ideales para la formación de pueblos. Asimismo, muchos terrenos podían destinarse para plantaciones de trigo y maíz, y contaba con gran cantidad de haciendas para labores agrícolas.

Menos de un mes después del aciago terremoto, el 24 de agosto de 1773, se ordenó a las autoridades edilicias trasladarse al pueblo de La Ermita. El 6 de septiembre de ese año, Mayorga abandonó Santiago y se dirigió a La Ermita, acompañado de oidores, compañía de dragones y el regidor decano, Nicolás de Obregón. Luego, se les unirían, en su mayoría, españoles de escasos recursos, cuyas viviendas estaban hipotecadas a favor de la Iglesia, así como familias de los grandes comerciantes.

El pueblo comenzó a llenarse de ranchos de madera, bajareque y adobe para albergar a las autoridades y personas acaudaladas, viviendas provisionales en las que moraron hasta 1782 o 1783, mientras se les construían sus residencias definitivas, dice Chajón.

Luego de los dictámenes, y por la real cédula expedida el 21 de julio de 1775, el rey Carlos III aprobó el traslado y estipuló 10 años de gracia a los habitantes en el pago de impuestos para invertirlos en la construcción.

En 1776, los argumentos en favor del traslado a dicho lugar se impondrían definitivamente como su larga extensión de 30 leguas, que proporcionaba espacio para una futura expansión de la ciudad, refiere Julio César Pinto Soria en su artículo Guatemala de la Asunción: una semblanza histórica (1776-1944) —1994—. Otra razón era que el Valle de las Vacas era un complejo económico-social, pues en 1776, a inmediaciones de la nueva ciudad, se concentraban cerca de 80 grandes haciendas.

El traslado se consumó en contra de la opinión del Ayuntamiento, que tuvo que acatar las disposiciones de 1774.

Mayorga se ganó la animadversión de los “terronistas”, que comenzaron a ver los inconvenientes de abandonar la ciudad que, aún dañada, ofrecía más facilidades para vivir que el desolado valle, seco y rodeado de barrancos.

Hay que destacar que para el terremoto de San Miguel, ocurrido el 29 de septiembre de 1717, que fue más violento que el de Santa Marta, Santiago no se trasladó, según promovía el obispo Juan Bautista Álvarez de Toledo, señala Horacio Cabezas Carcache en su obra Calamidades públicas en el Reino de Guatemala (2021).

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Para el establecimiento de la ciudad, fue necesario comprar 13 grandes propiedades o ejidos que comprendían un total de 204 caballerías, transacción total que sumó la cantidad de 21 mil 506 pesos.

Entre los ejidos que dividían el Valle de las Vacas, denominados, según el apellido de sus propietarios, estaban las labores de Arrazola, de Del Cid, de Gómez, de Dávila, de Muñoz, de Contreras y de Bardales, así como el potrero de Montenegro.

Mapa de principios del siglo XIX en el que se observa el Valle de las Vacas, y en la esquina superior derecha, trazo de la ciudad. (Foto Prensa Libre: cortesía del Museo Nacional de Historia).

Traslado oficial

El Cabildo abandonó Santiago el 25 de diciembre de 1775. Se celebró la traslación de la metrópoli por real acuerdo, con su escudo, títulos, patrones y prerrogativas, refiere Álvarez. El 31 de ese mes, el Ayuntamiento se asentó en La Ermita. Si bien el 1 de enero de 1776 se eligió a los alcaldes ordinarios, no fue sino hasta al día siguiente cuando el cabildo municipal celebró su primera sesión, en un rancho pajizo, propiedad de Francisco García —donde actualmente se encuentra un banco, a un costado de la Parroquia Vieja—, con lo cual, oficialmente, se asentó la capital en su nuevo sitio.

El 9 de diciembre de 1775, se dirigieron cartas al Ayuntamiento, al Arzobispado, a los conventos de religiosas y a la universidad, para que procedieran a la mayor brevedad al traslado al nuevo asentamiento y que designaran representantes para recibir los solares para hacer sus construcciones.
El 23 de mayo de 1776, el rey Carlos III le otorgó a la ciudad el título de Nueva Guatemala de la Asunción.

Para el abastecimiento de la nueva ciudad, y por falta de mano de obra, se trasladaron los pueblos que circundaban Santiago: Ciudad Vieja o Almolonga, San Pedro Las Huertas, San Gaspar, Jocotenango y San Felipe, entre otros.

La construcción de la nueva ciudad fue posible por el trabajo forzoso de indígenas, especialmente, de Jocotenango, reconocidos por ser buenos albañiles. Por las duras condiciones de trabajo, muchos se enfermaron, murieron o abandonaban constantemente la ciudad, además de que dejaban sus tierras, destinadas a la producción de alimentos.

laca que se encuentra frente a un banco, a un costado de la Parroquia Vieja, zona 6, que marca el lugar donde se celebró el primer Cabildo en la Nueva Guatemala de la Asunción, hace 250 años. (Foto: Hemeroteca PL)

Entre 1776 y 1786, unos 12 mil indígenas y mulatos, que antes se ocupaban en la labranza, pasaron a trabajar en la construcción de la urbe.
“Mayorga no era una buena persona. Los obligó a trasladarse, les ofreció un salario insuficiente o tardaba meses en pagarles. No tenían para comer. Fue espantoso. Eran prácticamente esclavos”, señala Chajón. Mayorga, además, quería perjudicar a la Iglesia para demostrar el poder del rey Carlos III, quien había ordenado la expulsión de los jesuitas del continente americano en 1767. Al dejar de percibir intereses hipotecarios por los préstamos, las órdenes religiosas ya no podían continuar con sus obras de caridad, afirma.

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El rey, asimismo, obligó a las provincias del Reino a costear materiales para construir las residencias de la élite, lo cual les causaba disgusto.
La Audiencia y el Tesoro estuvieron en La Ermita hasta mayo de 1778 y, luego, se mudaron al nuevo sitio. El gobernador dio órdenes para que en 1779 los tribunales y demás oficinas reales se trasladaran a los nuevos edificios del Real Palacio.

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Construcción

Luego de la traza de la ciudad, la última de las cuales estuvo a cargo del arquitecto español Marcos Ibáñez, se inició alrededor de la Plaza Mayor la construcción de los edificios administrativos más importantes: al oriente, la Catedral y el Palacio Arzobispal; al oeste, el palacio de la Capitanía General, y al norte, el Ayuntamiento, expone Gellert en su artículo Ciudad de Guatemala: factores determinantes en su desarrollo urbano (1775 a la actualidad) (1994). Al sur, tiendas al por menor donde se vendían mercaderías de todas clases, y en la plaza se instaló el mercado.

El patrón para la Nueva Guatemala de la Asunción se tomó de los centros urbanos españoles, con manzanas cuadradas de cien varas de cada lado y calles rectas, definido por el arquitecto romano Vitruvio, en el siglo I a. C.

La ciudad ocupaba el espacio del actual Centro Histórico: 17 cuadras de norte a sur —de la 1a. a la 18 calle— y 11 de oriente a poniente —de la 1a. a la 12 avenida—. Los planos para la Catedral Metropolitana, diseñada por Ibáñez, se aprobaron el 6 de noviembre. El 25 de julio de 1779, día del apóstol Santiago, fue colocada la primera piedra del recinto, inaugurado el Jueves Santo 16 de marzo de 1815.

La presencia de templos religiosos ya no fue tan predominante como en Santiago, pero era significativa, pues ocupaba 60% del centro citadino.
La iglesia de Santa Rosa, finalizada en 1787, fungió provisionalmente como Catedral, la cual trasladó sus funciones al nuevo edificio, así como sus imágenes.

El barrio que se originó alrededor del beaterio de Santa Rosa fue el de mayor importancia en las primeras décadas después del traslado, por lo que las casas construidas alrededor de la llamada “Plaza Vieja”, se caracterizaron por buena arquitectura.

A la mayoría de los primeros asentados solo 20 años después les fue posible abandonar las barracas provisionales en La Ermita y construir casas en el área proyectada para la nueva ciudad.

Cincuenta años después del traslado, la mayoría de edificios públicos de la urbe estaba sin concluir y los completados carecían de acabados.
El cuadro colonial en la ciudad prevaleció en las cinco décadas transcurridas desde la Independencia hasta la llegada de la Reforma Liberal, en 1871, sin cambios esenciales.

El núcleo funcional y social continuó siendo el área en torno a la Plaza Mayor, en tanto que los barrios periféricos, con sus construcciones de adobe y paja, alrededor de las iglesias, siguieron su vida casi autónoma.

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Diseño residencial

Plano anónimo de la casa del acaudalado criollo Juan Miguel Rubio Gemmir, en la que había gran diversidad de ambientes como tesorería, escribanía, almacenes, despensa, caballeriza y tres patios. (Foto Prensa Libre: tomada de la tesis Construir en Guatemala)

Los solares particulares se distribuyeron según el asiento de la propiedad abandonada en Santiago, en cuanto a tamaño y ubicación, conforme a la posición social del solicitante.

Las calles cercanas a la Plaza Mayor estaban destinadas a las residencias de los vecinos principales. En los barrios alejados del centro se establecieron indígenas para servir a los españoles.

En la construcción de las residencias espaciosas de la élite se aplicó el estilo mudéjar y eran de un solo piso, según disposiciones de la Real Cédula de 1775. Tenían dos o más patios interiores y pasillos y gran cantidad de habitaciones, alrededor del patio principal. Los carruajes llegaban hasta el segundo patio o de servicio, en el que había huerto, árboles frutales, gallinas y una o dos pilas. Las paredes eran de piedra, barro y ladrillo, con revestimiento de estuco. En las portadas se usaba, con frecuencia, la piedra, así como en columnas de ventanas en esquina y los arcos. Eran amplias, cómodas, bien ventiladas y decoradas, con el infaltable poyo o mesón de cocina.

Las manzanas tenían entre dos a seis casas, que correspondían a la planta andaluza. Entre las residencias de gran extensión destacaban la de Valdés, la de Juarros, la de Pavón, la de Aguirre, la de Piñol y la de Marticorena. Las viviendas de barrios populares se levantaban en forma rústica o improvisada, según el padrón de 1794 y 1824, y alternaban con terrenos baldíos o con vegetación.

En una descripción de 1826, se indicaba que las calles estaban bien pavimentadas con piedras y tenían doble inclinación hacia el centro, por el cual discurría el agua. Muy pocas de ellas tenían acera.

Materiales utilizados

En cuanto a los materiales utilizados en la construcción de edificaciones en el nuevo asentamiento, los edificios públicos y las viviendas tuvieron un gran parecido formal, pues para los primeros, en sus inicios, había falta de fondos y de mano de obra.

Según el maestro Miguel Santa Cruz, la madera era abundante para el consumo doméstico de la población y de la mejor calidad. Los materiales y los sistemas constructivos empleados a finales del siglo XIX y principios del XX eran los mismos que se acostumbraron en Santiago: piedra basta o burda y tierra o argamasa para aglutinar, para los cimientos; ladrillos, para los muros; piedra en lajas, para usos ornamentales o en bloques para pisos y portadas, y piedras de ríos, para cimientos ya acabados. También, se utilizó adobe o barro secado al sol. La argamasa de cal, como aglutinante de la mampostería, requería tratamiento especial. Se usó piedrín o talpetate.

Para la cubierta de viviendas del centro, se usó, principalmente, teja para la terraza española, mientras que en las áreas marginales, paja. Los acueductos y desagües se construyeron con caños de alfarería, que debieron tener diversidad de formas, los cuales se unían mediante cajas de ladrillo. El hierro, empleado para balcones y cerrajes, era forjado en pequeños talleres de la ciudad. Estos materiales eran transportados por indígenas y campesinos en carretas tiradas por bueyes.

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Lento crecimiento demográfico

En cuanto al desarrollo demográfico, la metrópoli guatemalteca solo 50 años después de su traslado al nuevo sitio alcanzó el número de habitantes que tenía al momento de su destrucción, en 1773.

Hasta noviembre de 1774, se habían trasladado al asentamiento provisional cuatro mil 328 nuevos vecinos. Al sumar los mil 658 habitantes ya asentados en el pueblo anteriormente, para 1774 había un total de cinco mil 986 personas, equivalente a 869 familias. El grupo de españoles era el mayoritario —43.3 por ciento—, debido a su interés en el traslado, mientras que los demás estratos sociales se mudaron bajo presiones.

En 1778 se llevó a cabo un censo general —considerado el primero del país—, que registró 10 mil 841 habitantes en la ciudad, y para 1782, 13 mil 251 —25.2%, españoles y 32.2%, mestizos—, pero esta cifra no incluyó a personas de escasos recursos, por lo que se estima que la población era de 14 mil.
Fue hasta 1794 que se registró un aumento del 7%, con 23 mil 434 habitantes, lo cual evidencia un traslado masivo durante la década de 1780. En 1825, hace 200 años, la población era de 30 mil 775, similar cantidad que tenía Santiago al momento de ser destruida. En 1893 se contabilizaron 67 mil 818 habitantes; en 1921, 112 mil 86; en 1973, 700 mil 504, y en 1990, un millón 76 mil 725.

División citadina administrativa

Mapa de la división administrativa de la ciudad en 1791, en el que se observan sus cuarteles y barrios. (Foto Prensa Libre: tomada del artículo de Gisela Gellert).

En 1791 se hizo la primera subdivisión administrativa en la ciudad que se dividió en seis cuarteles, cuatro en la metrópoli y dos en el barrio de la Ermita, con dos barrios cada uno, alrededor de templos y conventos.

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Estos eran el de San Agustín, con sus barrios El Perú y San Juan de Dios; de la Plaza Mayor, con los de San Sebastián y Escuela de Cristo; de Santo Domingo, con los de La Habana y Capuchinas; de La Merced, con los de Catedral y San José; de Candelaria, con los del Tanque y Marrulleros, y de Uzariz, con los de Ojo de Agua y Santa Rosa. En cada uno se nombraba cada año a un alcalde.

La dimensión total de la ciudad era de 351 manzanas. Un mapa de 1800 muestra a la ciudad y a alguna distancia de ella, bastantes separados, los pueblos de Jocotenango, Ciudad Vieja, la Villa de Guadalupe, La Libertad, San Gaspar, Santa Ana y San Pedro, y las aldeas del Carmen. Fue hasta avanzado el siglo XX cuando fueron absorbidas por la ciudad.

En 1783, la primera iglesia que se construyó en la ciudad fue la de San José. En 1808 se estrenó el templo de Santo Domingo; en 1809, la iglesia de Santa Catalina; en 1813, la de La Merced y en 1851, el templo de San Francisco. Alrededor de La Merced se construyeron las residencias de los descendientes de españoles que llegaron en el siglo XVII, dice Chajón, y las de los peninsulares, en la actual 6a. avenida.

En un plano de 1821 se muestra la ciudad con la misma extensión y concentración de colegios, iglesias e instituciones alrededor de la Plaza Mayor.

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Origen del nombre del asentamiento

Grabado de la iglesia del pueblo de La Ermita, en el que se asentó provisionalmente la ciudad en 1776. (Foto: Hemeroteca PL).

Según consignó el cronista Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, el Valle de las Vacas se denominó así por la crianza de ganado vacuno, importado de La Habana, Cuba, que criaba en el lugar el conquistador Héctor de la Barreda, hacia 1527. El valle fue el primer sitio en Centroamérica donde se introdujeron esos animales —30 vacas y un toro—.

En reconocimiento a ese personaje, en la zona 18 existe la colonia Lavarreda, que anteriormente era una aldea.

A raíz de la construcción de la nueva ermita del cerro del Carmen, en 1620, los vecinos de pueblos aledaños le comenzaron a llamar al lugar Valle de la Ermita o de la Virgen, que era el lugar de descanso cuando se hacía el trayecto por el Camino Real del Golfo, actual Avenida de los Árboles, desde el Valle de Panchoy a costas atlánticas, para dirigirse a Europa.

Los descendientes de españoles, en el referido año, hicieron bajar de la sierra de Canalitos —actual zona 24—, la víspera de la fiesta de Nuestra Señora de la Asunción —15 de agosto—, unas 20 familias de indígenas para que poblaran el valle y sirvieran como cofrades a la imagen de Nuestra Señora del Carmen, traída por el genovés Juan Corz en 1595.

En 1675, los vecinos solicitaron se les otorgara un sitio para formar un verdadero pueblo y construir una iglesia, que dedicaron a Nuestra Señora de la Asunción, petición concedida. Esta fue inaugurada el 15 de agosto de 1723, exactamente en el lugar que ocupa la Parroquia Vieja, zona 6. Según catastro de 1774, vivían mil 668 personas en 249 ranchos.

Introducción del agua

Antes de trasladar la ciudad al Valle de la Ermita, en 1776, se debía tener la certeza de que había agua suficiente en los alrededores para la población, para poder captarla, canalizarla, distribuirla y, sobre todo, que reuniera las condiciones básicas de pureza para el consumo humano.

Médicos se encargaron del análisis y dictamen de la calidad del agua de los ríos que atravesaban el valle, en 1773, y concluyeron que eran saludables.
La introducción del agua se hizo por medio de un acueducto, adaptado sobre el Montículo de la Culebra, que había sido erigido por los antiguos habitantes de Kaminaljuyú. El fontanero y maestro mayor de obras Bernardo Ramírez construyó el sistema hidráulico de conducción desde la toma del río Pinula, en Santa Catarina Pinula, hasta el centro de la metrópoli, entre 1776 y 1786.

El acueducto producía tres mil 600 metros cúbicos de agua diarios, según datos de 1786. Concluía su recorrido en la “caja de las trompetas”, que se ubicaba en la actual 20 calle, entre 2a. y 3a. avenidas, zona 1, de donde se distribuía a toda la ciudad. Según plano de la ciudad de 1783, se identificaban 52 cajas de distribución de agua.

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En 1782 se dictaron las principales ordenanzas para el manejo del Ramo de Aguas, con el objetivo primordial, en un primer momento, de proveer del líquido a la población a través de pilas públicas.

Por retrasos en la construcción de acueductos y la tubería, durante las primeras décadas después de la traslación, hubo serios problemas con el abastecimiento de agua, situación que no mejoró hasta la década de 1820. Sin embargo, vecinos de barrios marginales se quejaban de una aguda escasez de agua en dicha época.

Primeros planos

lano del ingeniero militar español Luis Díez de Navarro, fechado el 1 de marzo de 1776. (Foto: Hemeroteca PL)

El primer plano de la ciudad se fechó el 1 de marzo de 1776, elaborado por el ingeniero militar y arquitecto español Luis Díez de Navarro, en el que se muestra un cuadrángulo cruzado por calles orientadas de norte a sur y de oriente a poniente. La Plaza Mayor estaba ubicada en el centro, y había cuatro plazas adicionales en cada cuadrante. El trazo estaba dividido por 12 calles en ambos sentidos, que da 13 manzanas de cada lado, con un total de 169 manzanas. En 1791, la ciudad tenía 351, que daba 70 km cuadrados.

Al norte de la Plaza, se ubicaba el Ayuntamiento, que incluía cárcel, casa de recogidas y la alhóndiga —depósito de granos—. La dirección de la construcción estuvo a cargo del maestro mayor Bernardo Ramírez.

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En este primer plano, la Plaza Mayor se ubicaría en el lugar que ocupa el Parque Colón, 11 avenida y 9a. calle, zona 1, pero el poderoso comerciante Juan Fermín de Aycinena presionó para que esta fuera ubicada en su lugar actual, cerca de su casa. Por ello, se le conoció como “Plaza Vieja” a dicho parque, señala Aníbal Chajón.

El rey Carlos III encargó a su arquitecto real, el italiano Francisco de Sabatini, que rehiciera el diseño. Este delegó el plano de la capital a Marcos Ibáñez, designado como arquitecto principal del Reino, y como segundo delineador, Antonio Bernasconi. Ibañez sometió un nuevo plano, en 1778, quien reprodujo el de Santiago de Guatemala y dejó las plazas de Díez de Navarro, con similar distribución de solares, centros religiosos y del poder político y parques. Ibáñez dirigió las construcciones y diseñó los edificios públicos.

En 1787 se preparó otro plano en el que se introdujeron modificaciones, pero la traza original se mantuvo. La expansión de la ciudad se dio hasta un siglo después, a partir de la década de 1880, con la absorción de áreas periféricas, dedicadas a pastizales y cultivos.

Se construyó sobre Kaminaljuyú

Las ventajas geográficas y ambientales del Valle de las Vacas también habían sido aprovechadas por habitantes prehispánicos de Kaminaljuyú —Cerro de los Muertos, en k’iche’—, cuya historia comenzó en el año 1200 a. C.

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En este territorio, ocupado por los mayas cholanos y abandonado en el 900 d. C., había montículos y “aguadas” o receptáculos de agua pluvial construidos por ellos, refiere el historiador Aníbal Chajón.

El sitio constaba de más de 200 montículos, edificios formados con bloques de talpetate, que tenían usos domésticos, defensivos o rituales, distribuidos sobre un área de 5 km cuadrados. Casi todos fueron destruidos, al levantar la metrópoli.

La antigua ciudad, que ocupaba prácticamente toda la capital actual, estaba en ruinas cuando se trasladó Santiago, pues tanto en El Naranjo como en Mixco se encontraron vestigios prehispánicos que fueron absorbidos por Kaminaljuyú.

Entre los lugares en los que había montículos y que fueron demolidos para hacer construcciones está la Biblioteca Nacional de Guatemala; la parte posterior del edificio de Correos, 8a. avenida y 12 calle; edificio El Cielito, 18 calle y 7a. avenida, derribado hace cien años; el antiguo Calvario, actual Mercado Sur 2; loma de Buena Vista, actual Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, y el parque Enrique Gómez Carrillo.

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“Si Martín de Mayorga no hubiera trasladado la ciudad —al Valle de las Vacas—, Kaminaljuyú hubiera sido explorada y sería tan grandiosa como Tikal”, refiere Chajón.

Construcción de edificios públicos

Luego de la traza de la ciudad, se inició alrededor de la Plaza Mayor la construcción de los edificios administrativos más importantes.

Al oeste, se planificó levantar el Real Palacio, formado por oficinas como la Real Audiencia, la Casa de Moneda y la del Tesoro Real, estrenado en 1779 por el presidente Matías de Gálvez, sucesor de Mayorga. Los trabajos tardaron 11 años.

Para la manzana al sur, se proyectó la construcción de los edificios destinados a la Administración de Tabacos, el Correo y la Aduana, pero solamente se llevó a cabo la obra de esta última, en el solar occidental. La mayor parte de esta manzana estaba ocupada por la casa particular del marqués Juan Fermín de Aycinena e Irigoyen (1729-1796), privilegio único para uno de los hombres más influyentes en la Guatemala de entonces.

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La construcción de la casa Aycinena se inició en 1781 y se finalizó en 1788. Llama la atención el contraste entre esta obra privada en términos de tiempo y calidad de construcción con las obras públicas mencionadas. Aycinena se aprovechó de la ubicación favorable de su casa y estableció en los tres frentes de ella tiendas, las cuales dio en arrendamiento. La parte al sur de la plaza central fue bautizada como Portal del Comercio, denominación que se le continúa dando en la actualidad.

Provisión de productos

Cuando los habitantes se asentaron provisionalmente en el pueblo de La Ermita, el mercado se desarrollaba a inmediaciones de la plaza de la antigua Parroquia de la Asunción que incluía productos básicos y artículos que utilizaban las familias acomodadas.

Después, al construirse el centro de la ciudad, conforme fue instalándose en sus residencias, la élite consiguió que el nuevo mercado se estableciera en la Plaza de Armas o Mayor, como era costumbre, con materiales desmontables, en la calle de los Mercaderes —8a. calle— y calle Real —Sexta Avenida—.

Dicha plaza fue construida según el diseño de Antonio Bernasconi, en 1785. En su plano, además de la fuente que se dedicaría a Carlos III y que se colocaría en el centro de ese espacio, planificó 68 locales, a los que llamó cajones. Proyectó que cada uno tuviera una pequeña bodega, puerta y dos ventanas, cuyas dimensiones serían de 4.5 por 2.3 metros, con ruedas para movilizarlo.

Luego de la muerte de Bernasconi, se modificó el plan, y se levantaron locales en madera, con cubierta de teja, pero fijos. Estos se instalaron desde la fuente a Carlos III, hacia la Catedral Metropolitana.

Los negocios para artículos de lujo ocupaban los locales del Portal del Comercio; las carnicerías, en el Ayuntamiento; productos intermedios, en los cajones, como telas, jarcia y recipientes de barro; mientras que en los puestos desmontables había granos, frutas, verduras y comidas preparadas. Estaban agrupados en seis filas, y ocupaban unos 40 metros de largo por ocho de ancho.

ESCRITO POR:

Brenda Martínez

Periodista de Prensa Libre especializada en historia y antropología con 16 años de experiencia. Reconocida con el premio a Mejor Reportaje del Año de Prensa Libre en tres ocasiones.