Editorial
NOTAS DE Editorial
Porque la fe no es apariencia, la fe no es simulación, la verdadera fe es un conjunto de responsabilidades, actitudes y valores asumidos, vividos, refrendados y transmitidos. Si no, no lo es.
La cercanía de la celebración del Día del Padre hace temer una repetición de lo ocurrido el 10 de mayo, cuando hubo aglomeraciones en mercados, restaurantes y supermercados, sin las debidas medidas de protección o distanciamiento. El resultado fue evidente dos semanas después.
Afuera de los hospitales la penuria económica golpea a la población y hasta un 50% de habitantes se ve obligado a salir a trabajar, si es que aún conserva su empleo, o a buscar una oportunidad de ganarse el sustento.
El prejuicio es un gran peligro porque corre en una u otra vía a causa de la precipitación de conclusiones.
El auxilio a las micro y pequeñas empresas es otro de los renglones que confirman el conocido dicho que reza “en la tardanza está el peligro”, puesto que hay trabajadores por cuenta propia y emprendedores que se encuentran al límite de la desesperación y de la sobrevivencia, sin que hayan recibido noticia siquiera sobre mecanismos para entrega de subsidio o planes de descuentos fiscales para ayudarles a vadear esta devastadora correntada de adversidad.
Una advertencia elocuente para todos aquellos diputados y partidos que en la elección de magistrados aún quieran seguir los designios de Alejos.
El liderazgo ético se manifiesta en las grandes acciones, pero también en los detalles.
El país todavía no entra siquiera en la fase cero de la reactivación. La pausa puede asumirse como una pérdida de tiempo o también como una preciosa ventana de oportunidad para efectuar esas mejoras en la infraestructura, los servicios y la creación de guías informativas digitales.
El diálogo debe continuar. Las implicaciones del coronavirus serán de mediano y largo plazo, por lo cual deben trazarse medidas de bioseguridad que coincidan con los esfuerzos sanitarios pero a la vez aseguren la sobrevivencia productiva de la región.
Mientras usted lee estas líneas, el río Motagua y sus afluentes acarrean basura de todo tipo.